Demasiadas palabras

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De votante a revolucionario

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Ya fueran municipales, autonómicas, generales o europeas, he votado en cada convocatoria electoral. En unas ocasiones con entusiasmo, en otras con bastante escepticismo, como si se tratara de una incómoda obligación democrática. Ahora, cansado de escuchar la misma cantinela de siempre sobre los políticos y de los políticos, opto por desconectar. Que si sólo miran por sus intereses, que ya no hay dirigentes con la talla política como los de antes —¿quiénes son los de antes?—; que si este supone un peligro, que ese otro es un ególatra o aquel un impresentable. En fin, como cantaba Serrat: «Harto ya de estar harto, ya me cansé».

Supongo que siempre se tiene la sensación de que los políticos del momento están demasiado lejos de los ciudadanos y que los partidos están más interesados en defender sus intereses electorales que las necesidades de sus electores. Y sin embargo, pese a esto, siempre terminamos enfrascados en las mismas controversias, arreando estopa y, finalmente, votando. Por ello, en vez de seguir sus disputas con el riesgo de convertirme en comparsa como hacen muchos de los tertulianos, columnistas y analistas de sesgo militante, he decidido ponerme un chubasquero para protegerme de la propaganda, descalificaciones y de tantas discusiones estériles como que se propagarán en las próximas semanas.

Aunque todos seamos un poco incoherentes, proclives a la parcialidad y reticentes a cambiar de opinión quisiera pensar que los diferentes dirigentes sólo buscan el bien común y proponer las mejores soluciones a nuestros problemas colectivos. Pero esta hipótesis la considero improbable, no les creo. Quiero pensar que soy una persona racional que, como tantos otros, apoya o rechaza las propuestas políticas en función de sus posibles beneficios o perjuicios, alguien que evalúa las diferentes opciones para decidir cuál es la más idónea para solucionar los problemas ciudadanos. Pero resulta que tampoco me creo. Perdida la esperanza, n0 culparé a unos u otros ni expenderé dictámenes de responsabilidad.

El presente siempre es un tiempo cargado de incertidumbres y preguntas en busca de respuestas; la democracia, un convenio abonado a la decepción. Aunque me acusen de equidistante —descalificativo preferido de los incondicionales de turno—, trataré de guarecerme ante una tormenta cargada de soflamas inútiles. Me resulta indiferente el intento de imponer un relato, de fomentar una animadversión que generará odio; incomprensible la incapacidad para el acuerdo, el apelar a los sentimientos en lugar de a la razón y de anteponer siempre los mezquinos intereses partidarios.

Como el espectáculo es tan desagradable, no quiero saber nada de ellos; de los políticos, de los partidos y de sus coros mediáticos. Y sin embargo, me sigue preocupando: las personas en paro y la calidad del empleo; las pensiones, la contaminación, el racismo y las tergiversaciones xenófobas; el acoso, las violaciones y el precio de la vivienda; la educación y sanidad pública, los servicios sociales y las necesidades de quienes no tienen nada; la codicia de los mercados, el poderío irreverente de la iglesia católica y los estragos del llamado libre mercado.

Leo en el blog de Fernando Broncano: «[…] la revolución es lo que ocurre cada día cuando deseamos cambiar las cosas y hacemos el intento, también y sobre todo cuando cambiamos nosotros con ellas». Pues eso.

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