Demasiadas palabras

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Torquemada en la cruz

Resulta aconsejable ubicar a los personajes reales o de ficción en sus respectivos contextos históricos y sociales. La literatura, como fuente de conocimiento y testimonio de cada época, es también una manera de aprender historia, de aproximarse a las costumbres, hábitos y modos de proceder; al pensar y hablar de cada época. También nos lega personajes tan reales que adquieren vida propia y que inspiran simpatía o rechazo, como sucede con las personas: el seductor en el don Juan de Tirso de Molina, lord Byron o Zorrilla, el criminal en Raskolnikof o el doctor Jekyll, la mujer que por amar se piensa adultera en Emma Bovary; prestamistas y usureros en personajes como Harpagón, Scrooge o Torquemada.

El personaje que describe Pérez Galdós, en Torquemada en la cruz, cuenta con innumerables víctimas, no por asuntos religiosos como el del Santo Oficio, sino por el afán propio de todo especulador, por ese apetito profano y secular de atesorar riqueza. Como otros usureros de la vida real o de la literatura, Francisco Torquemada es un personaje despiadado que, para satisfacer su avaricia, se muestra insensible a las necesidades ajenas. Y en su ambición, cuando se le presenta la oportunidad de ascender socialmente, gracias a su capacidad económica, no la desaprovecha. Al respecto reflexiona: «Pues qué, ¿el dinero, la posición, no suponen nada? ¿No se compensaba una cosa con la otra, es decir, la democracia del origen con la aristocracia de las talegas?». O también: «La aristocracia, árbol viejo y sin savia, no podía ya vivir si no lo abonaba (en el sentido de estercolar) el pueblo enriquecido». Y continúa cavilando: «¿No andaban por Madrid arrastrados en carretelas muchos a quienes él y todo el mundo conocieron vendiendo alubias y bacalao, o prestando a rédito? ¿No eran ya senadores vitalicios y consejeros del Banco muchos que allá en su niñez andaban con los codos rotos, o que pasaron hambres para juntar para unas alpargatas?».

Galdós expone en esta obra un fenómeno social frecuente a finales del siglo XIX y buena parte de la siguiente centuria: la subida de categoría social de gente humilde que ha acumulado fortuna a costa de familias opulentas que han empobrecido. Francisco Torquemada que «es un hombre de clase inferior y de extracción villana» no es tonto y, ante la oportunidad que se le presenta, trata de instruirse al comprobar que sus torpezas expresivas le dejan al descubierto sus orígenes y falta de educación. Comprende, el prestamista de Galdós, que el habla y el poder van de la mano y se pone a ello: «Cualquiera equivoca el discurso cuando no ha tenido principios. Yo estuve diciendo diferiencia hasta el año 85… Pero para eso está el fijarse, el poner oído á cómo hablan los que saben hablar». Y en ese empeño por aparentar lo que no es, comienza a vestir y aprender palabras y expresiones de la clase social a la que aspira, porque: «Que sean torpes y mamarrachos los que no tienen sobre que caerse muertos, me parece bien. Ahí hay equidad; eso es lo que llaman equilibrio. Pero que los acaudalados tiren coces, que los terratenientes y los que pagamos contribución seamos unos… , unos asnos, eso no, no y no». Y se pone a la tarea. Aprende palabras y frases que escucha y repite: «plantear la cuestión», «hasta cierto punto y a grandes rasgos», «elementos conservadores, el elemento militar, el eclesiástico». Expresiones vacías, huecas, que comienza a usar para adornar su habla aunque no aparten ni signifiquen nada, pero que «le hacían pasar por hombre profundo y reflexivo».

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