I

Era una rica hembra, más rica por su hermosura y juventud que por su alcurnia, que era nobilísima y que por sus estados, que eran muchos y pingües.

Apenas si contaba veinte años. Se había casado de diez y siete.

Con sus cabellos dorados, su blancura de alabastro, sus ojos de color de cielo en una noche de luna llena de la primavera, sus formas modeladas como si el artífice hubiera sido el alma de los sueños del amor; con su estatura y sus amplitudes de matrona; con la opulencia de sus formas delicadas y fuertes a la par; con lo esbelto y gallardo de su talle; con su gravedad y magnificencia de reina que no excluían las gracias y el atractivo; con la vehemencia del sentimiento que la hacía apasionada, dulce y tiernísima para el amor, y fuerte e incontrastable para todas las pruebas de la vida, por enormes que estas fuesen, había llevado a su marido una pureza inmaculada, como la de la nieve en los ventisqueros; con volcán en el alma, como el que revolviéndose en las entrañas de las montañas las hace temblar con fragor, y una inteligencia extraordinaria, que en los rudos tiempos en que vivía la hacía pasar por letrada y entendida en los textos de las Sagradas Escrituras y en los no santos y mucho menos de la cábala y la astrología judiciaria.

Este prodigio, que sus veinte años florecía, por lo de 1294, en los reinos de Castilla, regidos a la sazón por el tremendo rey don Sancho IV, el Fuerte o el Bravo, era sobrina, en segundo grado, de don Juan Núñez de Lara, el viejo, a quien ya por este tiempo los sinsabores y los miedos de sus ambiciosas traiciones habían abreviados los días , aunque por morir ya cargado de años no se le pudo llamar malogrado, y en tercer grado, prima de don Juan de Lara, el mozo, que ya seguía, y con mejoramientos, el camino de las ambiciosas traiciones de su padre.

Llamábase esta criatura de que nos vamos ocupando doña Beatriz Núñez de Lara.

Su padre, don Nuño de Lara, que se había dado a la astrología o a la alquimia y a la geomancia, sin prescindir de la política, que no había entonces noble que político no fuese, y aún más que lo que lo es en nuestros días todo el que nace con afición al mando y a la rapiña, la había hecho sabia y tan positiva y tan ambiciosa como él.

En la corte y siendo doncella noble de la reina doña María de Molina, de aquella brava y santa mujer a quien aún no había juzgado bien la Historia, doña Beatriz Núñez de Lara, a pesar de que no contaba más que diez y seis años, resplandeció como un astro, y de tal manera que comenzó a causar celos en la reina.

Por lo que, aunque doña Beatriz no hubiese dado género alguno de licencia a los atrevimientos por ella del rey don Sancho, que, como todos los hombres excesivos, era también excesivo para el amor, la reina, que era excesiva en los celos, cortó por lo sano y, aprovechando el enamoramiento en el que había caído loco por doña Beatriz un caballero escudero del rey, con él la casó, echando luego a los casados de la corte; pero, a pretexto de honrar al marido, dándoles en las Andalucías, en el adelantamiento sobre tierras de moros, en el reino de Sevilla, la tenencia o alcaidía del castillo y villa de Vejer de la Frontera.

Sin amor por nadie, ni por su marido, se casó, a sus diez y siete años, doña Beatriz; pero con el uso vino el amor, y tan apasionado y tan firme como si sólo para amar a su esposo hubiese nacido.

Esta prudente y sabia conducta de doña María de Molina, que libertaba a ella de unos celos ya insufribles y a doña Beatriz de una enamorada tiranía del rey, le supo a éste a cuerno quemado y a tártagos; pero hubo de tener paciencia y aguantarse por no dar escándalo.

No así a su hermano, el infante don Juan, el Tuerto, que había cogido por doña Beatriz un emponzoñamiento amoroso.

No habiendo podido evitar el casamiento que la reina había hecho ejecutivamente de la noche a la mañana, juró, para más adelante, que doña Beatriz habría de ser suya, y que dejándola viuda se había de vengar en el marido de las primicias que le había robado.

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