Demasiadas palabras

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Tiempo de vida

Dicen que se trata de un relato íntimo que aborda un tema tan universal como la muerte del padre. Reseñan que es un relato emotivo que gira en torno a una historia de encuentros y desencuentros familiares, a una relación compleja zarandeada por los vaivenes de crisis y conflictos, por desencuentros y afectos permanentes; por incomprensiones, silencios y deserciones. Una narración que se cierra a raíz de la enfermedad y muerte del padre. Escriben elogios por su autenticidad y ausencia de sentimentalismo, por hacerlo sin adornos ni complacencias, con un estilo intimista y preciso que traspasa la frontera de lo personal para convertirse en literatura con personajes reales sin nombres, pero con perífrasis.

Dicen que se trata de un ajuste de cuentas, pero es falso porque es «un homenaje de amor» y aceptación. Tiempo de vida es un ejercicio que el autor desarrolla para comprender dónde se perdieron él y su padre, dónde vararon; también es un desahogo. Una autobiografía oculta en la biografía del padre. Un progenitor que en la ficción es «mi padre» y en la realidad el pintor Juan Giralt. Una biografía narrada por el hijo, el escritor Marcos Giralt Torrente, que es a su vez protagonista y que, al desmenuzar las complejas relaciones familiares, reconstruye su propia autobiografía. También hay espacio para los propios fantasmas del autor en el empeño de plasmar con veracidad cuanto narra. Y esto último es uno de los aspectos más interesantes del libro; el proceso de la construcción narrativa, las dudas que asaltan al autor sobre los límites; saber hasta dónde contar, qué callar, cómo abordar el texto o el porqué de la necesidad de escribir sobre su padre «si todo el mundo tiene padres y todos los padres mueren». Y en la obra nos traslada sus dudas que son los reparos comunes a todas las personas que escriben sobre la pérdida de seres queridos: «Un retrato elegíaco de mi padre hubiera faltado a la verdad de mis sentimientos». «La vergüenza, los pudores. Los propios y los ajenos». «El miedo a dañar a otros». «… las dudas acerca de si lo escrito trascendería el interés que para mí tenía y cobraría entidad literaria». «Y mi padre, ¿estaría conforme?». «Esta es una historia de dos aunque solo yo la cuente. Mi padre no la contaría. Mi padre callaba sobre casi todo». «Hay lugares que desconozco y lugares a los que no quiero llegar. No todo puedo contarlo. No todo quiero contarlo. Mi vista tiene que ser de pájaro».

El autor ofrece pistas de su formación como escritor con el padre y el abuelo como referentes. Un padre que, como él, tenía un «oficio solitario». Y plantea que la literatura como profesión «en cierto modo fue una vocación forjada a sus espaldas elegida para distanciarme de él pero no en exceso, como si me hubiera interrogado por la profesión más parecida a la suya y hubiese elegido la literatura por ser la que estaba más a mano». «Mi abuelo materno fue escritor y no desconocido y basta eso y que firme con mis dos apellidos para que se sobreentienda que su ejemplo fue decisivo para hacerme escritor».

En las primeras páginas del libro se cita a Amos Oz para plantear la relación entre el escritor, el texto y el lector: «aquel que busca el corazón del relato en el espacio que está entre la obra y quien la ha escrito se equivoca: conviene buscar no en el terreno que está entre lo escrito y el escritor, sino en el que está entre lo escrito y el lector». Pues eso, sin necesidad de ignorar al autor, el vínculo literario se establece entre el texto y su lector. Quien escribe lanza un mensaje. Cuando el lector recibe la propuesta, el autor queda en un segundo plano, se olvida de él y trata de encontrar los hilos invisibles que le unen al texto.

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