Demasiadas palabras

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El gran cuaderno

Hay libros que sorprenden, que golpean, que incitan a pensar y sentir. Libros que involucran a los lectores en la tarea de dar sentido a aquello que el autor o autora narra. Existe una prosa, la de Agota Kristof, concisa, directa, sin adornos; una escritura que sobrecoge, que no juzga a sus personajes ni valora sus actos; que se limita a exponer para dejar ese afán a otros. Confieso mi admiración por esa escritura de apariencia simple, sin apenas adjetivos, sin palabras superfluas; de frases contundentes que demandan atención.

Narrada en primera personal del plural, El gran cuaderno tiene como protagonistas a unos gemelos que escriben cuanto les sucede y cuanto acontece a su alrededor. En la narración hay una guerra y unos personajes. La acción se desarrolla, no se sabe cuando, en un país del que se desconoce su nombre. ¿Recurso para que los lectores hagan conjeturas históricas y geográficas? Quien lee El gran cuaderno sólo sabe que hay una guerra, que en la «gran ciudad» los bombardeos son frecuentes y que en el pueblo los riesgos son menores. También conoce la existencia de un rio, de una frontera y de ejércitos que la controlan o la traspasan. El nombre del país o la identificación de los distintos ejércitos es irrelevante en el texto. Poco importa la identidad nacional o la localización cartográfica: todos representan lo mismo. Lo impactante es cómo se refleja en el texto el cúmulo de atrocidades que provoca la guerra; la violencia arbitraria, el abuso de poder, las miserias que genera o la determinación para hacerles frente.

En un país sin nombre y poblaciones sin identificar, tampoco los personajes lo tienen. Simplemente son: la madre, el padre, la abuela, el ordenanza, el librero, la vecina y su hija conocida como Cara de Liebre, el cartero, el desertor, el señor cura o el señor oficial, entre otros. Si nos limitáramos a leer El gran cuaderno, el primero de los tres ejemplares que componen la trilogía Claus y Lucas, tampoco sabríamos que estos nombres corresponden a los narradores de esta alegoría de la crueldad individual y colectiva en tiempos de guerra.

Aunque hay una historia con los ingredientes necesarios para narrar un melodrama, la novela se centra en las peripecias de los personajes, en las miserias humanas: mugre, hambre, harapos, extorsiones, suciedad, chantajes, abusos y en la adaptación de los protagonistas a éstas y otras situaciones. También en la infancia perdida de los dos hermanos que actúan como uno solo y que se ejercitan para resistir el dolor, el frio, el hambre, el desprecio y a rechazar cualquier tipo de sentimiento. Por momentos parece que las circunstancias les convierten en personas frías y calculadoras, pero la manera deshumanizada con la que actúan tiene excepciones; en determinadas ocasiones son capaces de todo por complacer, ayudar o proteger a personas que necesitan ayuda y que ellos consideran que la merecen.

Más que lo narrado, que es un compendio de horrores provocados por la guerra, lo verdaderamente impactante en El gran cuaderno es su prosa; su sencillez, que no simpleza, y su acción perturbadora sobre el lector. Agota Kristof consigue narrar la brutalidad más violenta de una forma desapasionada, renunciando a la escritura emocional para dejar a los lectores solos ante las dentelladas que les lanza con esa prosa inteligente que se esconde detrás de una aparente ingenuidad.

Tres fragmentos para dejar constancia de ello:

1. «Antes de venir a vivir a su casa no sabíamos que nuestra madre aún tenía madre. Nosotros la llamamos abuela. La gente la llama la Bruja. Ella nos llama “hijos de perra”».

2. «—¿Queréis rezar conmigo, hijos?
—Nunca rezamos ya lo sabes, queremos comprender».

El último ofrece algunas claves sobre la escritura de Kristof:

3. «Para decidir si algo está «bien» o «mal», tenemos una regla muy sencilla: la redacción debe ser verdadera.

Por ejemplo, está prohibido escribir: «la abuela se parece a una bruja». Pero sí está permitido escribir: «la gente llama a la abuela “la bruja”».

Está prohibido escribir: «el pueblo es bonito», porque el pueblo puede ser bonito para nosotros y feo para otras personas.

Del mismo modo, si escribimos: «el ordenanza es bueno», no es verdad, porque el ordenanza puede ser capaz de cometer maldades que ignoramos. Escribimos, sencillamente: «el ordenanza nos ha dado unas mantas».

Escribiremos: «comemos muchas nueces» y no: «nos gustan las nueces», porque la palabra «gustar» no es una palabra segura, carece de precisión y objetividad. «Nos gustan las nueces» y «nos gusta nuestra madre» no puede querer decir lo mismo. La primera fórmula designa un gusto agradable en la boca, y la segunda, un sentimiento.

Las palabras que definen los sentimientos son muy vagas; es preferible evitarlas y atenerse a la descripción de los objetos, de los seres humanos y de uno mismo, es decir, a la descripción fiel de los hechos».

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