Demasiadas palabras

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El libro de mi madre

Los consejos y recomendaciones en ocasiones crean falsas expectativas. Por radio alguien, a quien no identifico, hace una referencia elogiosa de un libro. Retengo título y autor. Al escritor, Albert Cohen, lo reconozco como autor de Bella del señor. El título del que habla, El libro de mi madre, me hace recordar a mi propia madre y a otras madres protagonistas de grandes novelas: madres cariñosas, abnegadas, autoritarias, despreocupadas, protectoras o rebeldes. Y es que la figura materna ha estado presente en la literatura desde las tragedias griegas a la actualidad.

«Cada hombre está solo y a nadie le importa nadie y nuestros dolores son una isla desierta». Es la frase inicial y que, de alguna manera, anticipa el tono triste del resto de un texto donde el autor rinde culto a su madre y plantea cómo afrontar el duelo más allá del trámite social. Hay algo que resulta chocante en su lectura pese a no desconocer que fue escrito a mitad del siglo pasado. Desde luego que eran otros tiempos, pero la total sumisión de esa madre, hasta el punto de renunciar a su propia vida para entregarse por entero a su hijo, produce cierta perplejidad: «Todas las demás mujeres tienen su pequeño yo autónomo, su vida, su sed de felicidad personal, su sueño que protegen […] Mi madre no tenía yo, sino un hijo».

Más comprensible se muestra al llamar la atención del lector para que disfrute de la presencia materna. De esa persona que se desvive en el cuidado y atención de sus hijos con infinidad de actos que, por cotidianos, pasan desapercibidos. Por propia experiencia —el tiempo no espera a nadie—, Cohen invita al lector a disfrutar de la presencia de la madre, a valorar sus acciones y desvelos, a no afearle sus actos menos afortunados, a quererla en vida para no tener que reprocharse nada cuando ya sea un recuerdo, una ausencia que añorar. Con un lenguaje de ecos añejos que, por momentos recuerda a sermón de predicador, alerta sobre la fugacidad de la vida y conmina a cuidar y ser cariñoso con ellas:

Hijos de madres aún vivas, no olvidéis que vuestras madres son mortales. No habré escrito en vano si uno de vosotros, tras leer mi canto de muerte, se muestra más dulce con su madre, una noche, acordándose de mí y de la mía. Sed dulces cada día con vuestra madre. Amadla mejor de lo que yo supe amar a la mía. Que cada día le deis una alegría, eso os digo amparado en mi dolor, gravemente desde el peso de mi luto. Estas palabras que os dirijo, hijos de las madres aún vivas, son el único pésame que a mí mismo puedo darme. Mientras aún sea tiempo, hijos, mientras ella siga ahí. Apresuraos, que pronto reinará la inmovilidad en su faz de imperceptible sonrisa virginal. Pero os conozco, y nada os sustraerá a vuestra loca indiferencia mientras vuestras madres sigan vivas.

En este canto plañidero y, por momentos, enternecedor que es El libro de mi madre, Cohen esboza las dificultades familiares y algunos fragmentos de su propio biografía; también una reflexión sobre cómo expresar el dolor ante la pérdida de un ser tan querido. La obra tiene algo que cansa pese a sus pocas páginas. Fatiga las numerosas declaraciones de amor y el pesar por, en vida, no haber hecho más feliz a la madre, por no compartir más cosas con ella, por las demoras injustificadas: «Tres horas la tuve esperando en aquella plaza. Y tres horas que hubiera podido pasar con ella». Entre fragmentos hermosos y poéticos se intercalan otros un tanto ñoños y reiterativos o de ingenuidad conmovedora de quien no quiere aceptar la realidad: «No la quiero en los sueños, la quiero en la vida, aquí, conmigo».

Leo por alguna parte que se trata de la más bella novela de amor que jamás se haya escrito. Pero ¿es lo mismo amor que obsesión? Solo diré que el libro me hizo recordar que las grandes expectativas son oportunidades abonadas a la decepción.

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