La destrucción de Patría I

El Semanario pintoresco español, publica el 11 de mayo de 1851, un texto firmado por Adolfo de Castro. ¿Recreación historica o simple leyenda tan popular en el siglo del Romanticismo?

Este Semanario pintoresco español fue fundado por Mesonero Romanos en 1836 y en el mismo escribieron autores como Gil y Zárate, Bretón de los Herreros, Hartzenbusch, Carolina Coronado, Fernán Caballero, Lafuente y los poetas Zorrilla, Bermúdez de Castro, Enrique Gil, etc. En cuanto a sus grabadores, destacan los Madrazo, Lameyer, Alejandro Ferrán, Félix Batanero, Calixto Ortega o Vicente Castelló.

La destrucción de Patría (Tradiciones gaditanas)

A un cuarto de legua distante del mar Océano, y entre las villas de Veger y de Conil (en otro tiempo llamada Torre de Guzmán por ser posesión de los duques de Medina Sidonia) hay una cuesta llamada del Justar, nombre que indica haberse celebrado en aquel sitio justas y torneos.

En ella y en sus contornos no advierte  a primera vista el viajero mas que los sembrados de un inmenso cortijo. Pero si adelanta sus pasos y sus investigaciones por la comarca, al punto hallará los cimientos de una antigua población pequeña. Los lugares donde las calles y las plazas fueron, se encuentran señalados todavía por los restos de paredones, unos destruidos por la mano de los tiempos, y otros por la azada de los labradores.

El silencio y la soledad que reinan en su recinto, son magestuosos; los cuales de cuando en cuando se ven interrumpidos por la presencia de las aves, que pasan ligeramente sobre las ruinas, por el lejano ladrido de los perros, ó por el balar de las ovejas.

Los pocos viageros, aficionados á antigüedades que visiten estos sitios, creerán desde luego que las ruinas pertenecen á una población del tiempo de los fenicios, cartagineses ó romanos. Traerán á la mente los recuerdos de Hanibal, de Scipion y de Julio César, y cuando menos, pensarán que en los contornos de la destruida villa se dio una sangrienta batalla entre los ejércitos de Roma y de Cartago, ó que los habitantes de aquel pueblecito, para no entregar sus vidas y haciendas á los insultos y á la ferocidad de los conquistadores, prendieron fuego á sus casas y se arrojaron en las llamas ó sobre las puntas de los  aceros, siguiendo el ejemplo de Estepa, fiel y constante imitadora de  Sagunto y de Numancia.

Pero los que tal piensen caerán en un gravísimo error, pues las ruinas no son de lugar cartaginés ó romano, sacrificado en las luchas de las dos repúblicas competidoras en el dominio del mundo. A causas  amorosas debió la población de que hablamos el orijen de su desdicha, y las contiendas entre moros y cristianos su destrucción por medio del hierro y del fuego.

El nombre de este lugar era el de PATRÍA. En el reinado de don Juan II de Castilla, vivían en esta villa cien caballeros moros, los cuales acostumbraban salir á campear en tierra de cristianos sobre blancos caballos y vestidos con marlotas de granas. Cuando alcanzaban rica presa en sus espediciones, enviaban antes á Patria un mensagero para dar cuenta del feliz suceso. Alegrábanse los de la villa; y como obsequio al valor y celebridad de la victoria, preparaban por lo común justas y torneos para en ellos lisonjear el orgullo de los vencedores y animarlos á mayores empresas.

Cierto día el alcaide recibió aviso de que los cien caballeros había campeado en las tierras de Xerez de la Frontera, que habían combatido con algunos caballeros de esta ciudad, y que tornaban á su pueblo cargados de riquísimos despojos.

Tenía el alcaide una hija, hermosísima y llena de altivez y de recato: la cual solia presentarse pocas veces en parages públicos. Sin
embargo de esto, su padre la instó á que por vez primera presidiese  con él las justas, para manifestar á los caballeros que habia sido á los de Patria tan agradable su victoria que hasta la misma Gelóira (tal nombre tenia la doncella) tomaba parte en sus contentos, y dejaba su retiro con el fin de dar novedad á la fiesta con su presencia.

La doncella no quiso á las primeras instancias de su padre ceder á una acción que no anhelaba; mas al fin se dejó vencer de sus ruegos, y honró las justas con presidirlas al lado del alcaide. Lo que en ellas pasó después de la entrada de los caballeros moros está descrito en este romance que compuse al propósito;

ABENOZMÍN Y GELOIRA

En cien caballos que al cisne
en el color desafian,
y á tiempo que el sol hermosa
cayendo en los mares iba,
Cien caballeros valientes,
de los moros de Patría,
triunfantes de los cristianos
á sus casas se encaminan.
Allí, en lugar de descanso,
correr esperan sortijas,
y en cañas, toros y zambras
ver la pública alegría.
Marietas de grana llevan
hermosas á maravilla,
y capellares bordados
de zafiros y amatistas.
Fuego sus lanzas despiden
y aceradas coracinas
y adargas y cimitarras,
del rayo del sol heridas:
No hay mejores caballeros
en toda la morería,
ni mora que al verlos pueda
sin pena quedar con vida.
Pues aunque el honesto labio
y los ojos no lo digan,
en vano callan, que el rostro
con el color lo publica.
Ya con alegres estruendos
su llegada solemnizan
las trompetas y atabales,
añafiles y vecinas;
Los ancianos y mugeres
y los niños de Patría,
por verlos llegar, ocupan
las almenas de la villa;
Y al descubrirlos de lejos
claman con gran vocería:
¡Alá guarde para siempre
á la flor de la milicia!
Llena, por gozar el pueblo
las fiestas de su venida,
los palenques y tablados,
ventanas y celosías.
Aben Jacob el alcaide
vá á la plaza con su hija,
á quien llaman los donceles
desdeñosa clavellina.
Cubierto con una toca
lleva el rostro Geloira,
porque no imagine el vulgo
que puede gozar su vista.
De pocos deja mirarse,
y esos son los que publican
su hermosura y gentileza
y su condición esquiva.
El amor, temiendo acaso
perder joya tan lucida,
convertido en mariposa
dicen que le dijo un día:
Oculta el hermoso rostro
a cuantos por ti suspiran;
que se busca mas la perla
cuando está mas escondida.
Arrancada de su huerto
la flor mas pura y mas linda,
del labrador en las manos
se deshoja y se marchita.
La mariposa tan solo
besar tus hojas consiga;
no abejas, que la fragancia
robar al fin solicitan.
El amor besarla quiso;
mas túvole el viento envidia,
y cubrió el hermoso rostro
con el velo de la niña.
Y ella los ojos alzando
las doradas nubes mira,
y vé que entre los celages
los rayos del sol aun brillan.
Desde entonces se recata
la preciosa Geloira,
y le enfadan los amores
como al triste la agonía.
Ir á las fiestas de cañas
le fué obligación precisa,
que su padre así lo ordena
y era costumbre en la villa.
¡Nunca jugaran los moros
en la plaza de Patría;
que hay serpientes entre flores
como entre rosas espinas!
Entraron los caballeros
formados en dos cuadrillas ,
y rodearon la plaza
por encontradas esquinas.
Diestros las cañas jugaron,
diestros corrieron sortijas,
y siempre con buen aliento
sin postrarse á la fatiga.
Ni el mas pequeño desaire
turbó tamaña alegría:
ni al vencedor ni al vencido
orgullo, quejas ó envidia.
Abenozmín el Constante,
adalid de la milicia,
fué el mas diestro en ambos juegos
y á quien el premio destinan.
Llega al trono del alcaide,
donde estaba con su hija,
quien tiembla al mirar al moro
que está á sus pies de rodillas,
Y le pone entre las manos
cimitarra damasquina
con un tahalí berberisco
de seda y de pedrería.
Tengas ventura en las lides
(dice al moro Geloira),
y también en los amores
la tengas, á decir iba;
Mas dentro de sí prosigue:
No la busques ni la pidas,
que hasta en mi pecho la logras.
¡Grande es sin duda tu dicha!
En esto el Amor levanta
el velo que la cubría,
diciendo al moro arrogante:
si tienes corazón, mira.
Mientras ella el dulce rostro
quiere ocultar, y no atina,
la honestidad una rosa
abrió en sus blancas mejillas.
Y aun pareció que sus ojos
decir entonces querían:
Triunfaste de mis desdenes:
tuya es ¡oh moro! mi vida.

Enamorado Abenozmín del hermoso rostro de la preciosa Geloira, comenzó á requerirla de amores, sobornando á un esclavo del alcaide. Ella, aunque desdeñosa é intratable hasta aquel punto, no pudo resistir á las ternezas del moro, y comenzó á responder agradablemente á sus tiernas querellas.

 

Adolfo de Castro

Semanario pintoresco español. 11/5/1851

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