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El hombre que amaba a los perros

Resulta complicado mantener la atención del lector cuando se conoce el desenlace y cuando, para los despistados, se recuerda éste en la primera página: «Londres, 22 de agosto, 1940 (TASS).- La radio londinense ha comunicado hoy: «En un hospital de la Ciudad de México, murió León Trotski de resultas de una fractura de cráneo producida en un atentado perpetrado el día anterior por una persona de su entorno más inmediato». Y sin embargo, Leonardo Padura lo consigue al escribir una historia que, además de recrear los hechos, denuncia la represión estalinista, narra episodios de la Guerra Civil española, aborda el desencanto en la Cuba contemporánea y advierte de cómo los ideales, en ocasiones, se convierten en un arma cargada de peligros.

Padura maneja con habilidad la realidad y la ficción al abordar el asesinato de un personaje clave en la Revolución Bolchevique y al acercarnos la biografía de su asesino. Pero aunque existan datos fidedignos y personajes reales, el lector está ante una novela. Si el historiador pretende reproducir el pasado en virtud de pruebas documentales, el novelista recrea ese pasado yendo más allá de datos y certezas, sirviéndose de lo histórico para proporcionar una aproximación, no necesariamente fidedigna. Cervantes lo expresó en boca del bachiller Sansón Carrasco al replicar a don Quijote: «... pero uno es escribir como poeta, y otro como historiador: el poeta puede contar o cantar las cosas, no como fueron, sino como debían ser; y el historiador las ha de escribir, no como debían ser, sino como fueron, sin añadir ni quitar a la verdad cosa alguna».

En El hombre que amaba a los perros hay tres libros en uno y, en cada uno de ellos, una aproximación a tres diferentes géneros de la novela: la histórica, la policíaca y la de denuncia social. Tres novelas en un espacio temporal que se extiende desde la Revolución Bolchevique hasta la Cuba de los primeros años del siglo XXI, sin olvidar episodios de la Guerra Civil española. Para ello, Padura se vale de dos personajes reales, Lev Davidovich Bersteins y Ramón Mercader, y uno ficticio, Iván Cárdenas. Hay una víctima, Lev Davidovich conocido como León Trotsky, un revolucionario que «perseguía el sueño de la igualdad y libertad» y que «tenía la sospecha de que su muerte estaba planificada en un despacho del Kremlin». Hay un asesino, Ramón Mercader, al que moldean sometiéndolo a entrenamientos físicos y psicológicos para ser el soldado 13, Jaques Mornard, Frank Jacson, Jaime López o Ramón Pávlovich López, que solo eran identidades falsas de «un personaje nacido del engaño y la manipulación de los sentimientos», pero que nunca dejo de ser Ramón Mercader de los Ríos. Alguien de quien se vale el poder para, en nombre de un ideal, manipular a una persona hasta convertirla en el brazo ejecutor de un crimen atroz: «Vas a demostrar de lo que es capaz un español con dos cojones y una ideología en la cabeza». También hay un narrador, tal vez trasunto del propio autor, que nos cuenta una «historia de odio, engaño y muerte» y que se resistió a escribirla por miedo. Un narrador que no muestra preferencia por la víctima frente al asesino, tal vez porque ambos fueran víctimas de una maquinaria del poder engrasada con odio, mentira y crueldad.

Es novela policíaca porque hay una victima, un asesino «moldeado para la misión» y un investigador al que le llega una historia que reconstruye con los condimentos propios del género: intriga, acción, espionaje y armas. En este caso un piolet «cruel, violento, vengativo: una fusión mortífera de la hoz y el martillo». Es, en definitiva, una historia de espías que se planifica y dirige desde las cloacas del poder.
Es también una novela que refleja el desencanto por la situación cubana y las dificultades de quien cae en desgracia porque sus historias son calificadas como contrarrevolucionarias y que se resiste a escribir una historia que le perseguía desde hacía tiempo. «¿Cómo es posible que un escritor deje de sentirse escritor?, ¿te mataban?». Respuesta: «No. Te hacían nada, ¿sabes lo que es convertirse en nada?».

Para confeccionar este post he consultado “El hombre que amaba a los perros: La historia revisitada desde el policial moderno” de Yolanda Westphalen Rodríguez

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