Demasiadas palabras

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El silencio de las sirenas

Al leer esta novela me viene a la memoria estos versos del granadino Ángel Gavinet: «Aun, si me fueras fiel, me quedas tú en el mundo, sombra amada. Muere el amor, mas queda su perfume. Voló el amor mentido, más tú me lo recuerdas sin cesar…». Probablemente hago una asociación indebida al leer: «Si tú no fueras una sombra… si yo no te inventara… si te adivinara entre sueños y visiones surgidos de extrañas profundidades que hubiera en mí… Pero no puede ser. Tú eres sólo una sombra y ése es mi mal, pues las sombras no pueden morir».

El silencio de las sirenas es una historia de un amor enigmático. Un relato de soledad y silencios, donde lo supuesto e imaginado tiene prioridad sobre lo real. Amor y misterio en una mujer que más que amada, desea sentirse enamorada. El libro se abre con una frase de Pessoa que el lector comprende mejor conforme va leyendo la cuidadosa prosa de Adelaida García Morales: «Dios permite que lo que no existe sea intensamente iluminado».

Una mujer

Una mujer enamorada de alguien que existe en un mundo real o tal vez ficticio; una aventura que encadena ensoñaciones con flecos de realidad. Una mujer que, aferrada a un amor platónico, se refugia en una aldea perdida en la cartografía de Las Alpujarras para recrear el amor o para encontrarse así misma en un pueblo «encerrado en una quietud intemporal».

Esa aldea alpujarreña, está poblada por «mujeres nacidas con el siglo, lentas y enlutadas», «mujeres que habían dejado de serlo para convertirse en otra cosa, libres ya de las imposiciones sociales de su sexo», mujeres que «podían vivir solas sin que parecieran añorar a los seres queridos, muertos o ausentes». Este es el escenario que utiliza la autora para reflejar, de forma magistral, la dureza y la belleza de estas tierras, y el carácter huraño y hasta hostil de sus gentes. Allí es donde se refugia Elsa, la protagonista de la novela, para rumiar un amor que prefiere idealizar cobijada en la desidia y el silencio y donde lo imaginado, por intangible, tiene más fuerza que lo físico. A esa misma aldea llega María para ejercer de maestra y para reconstruir la historia de Elsa. También para encontrarse con Matilde, conocida en el pueblo por sus sesiones de espiritismo y por curar del mal de ojo. Ese pueblo parece habitado sólo por mujeres mayores; la juventud ha rechazado «la dureza de estos campos, para emigrar a las fábricas y a los suburbios de grandes ciudades».

Es cierto que en el relato aparecen algunos hombres, pero siempre como atrezo o como la fantasmagórica presencia de Eduardo que, según Elsa, es un viejo amante que ahora se reencarna en Agustín, de quien el lector duda si es un personaje real o una alucinación. Pero la relevancia de los personajes femeninos en esta novela no parece casual. En una entrevista publicada en El Cultural, Adelaida García Morales afirma: «La mujer es la reserva que le queda a la vida, por sus valores, por ser más altruista, aunque la sociedad, hasta ahora, nunca le haya pedido a la mujer ser alguien».

El silencio de las sirenas es una historia de amor, de un amor que existe y da pie a una ensoñación. Es la reconstrucción de una historia protagonizada por una persona enamorada que prefiere evocar e idealizar, sabiendo que, en ocasiones, recordar es fantasear. La historia nos la cuenta otra mujer que llega a ese pueblo imaginario para ejercer de docente y que al lector, más que noticias de su actividad como maestra, le llega su faceta de confidente de Elsa. Y esta maestra se sirve del diario, cartas y confidencias de Elsa; de las sesiones de hipnosis escuchando el concierto veintisiete de Mozart y de las prácticas curanderas de Matilde, para reconstruir el mapa de un amor real, tal vez ficticio, que igual es el empeño de la protagonista para encontrarse así misma.

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