Las escamas de Barbate

Rodolfo Viñas periodista, militante del PSOE y el sindicato UGT, que fue elegido, durante la II República, diputado por la provincia de Alicante—, publica en el diario El Sol, el 27 de abril de 1928, un escrito denunciando el olvido de Vejer para con Barbate.

En el texto se pueden leer que «Vejer, que está en lo alto de la montaña, lejos del mar y de Barbate» o que tiene a Barbate «sumido en el más completo abandono».

Barbate perteneció al municipio de Vejer hasta 1938, fecha en la que pasa a ser un municipio independiente gracias a factores como al enorme crecimiento demográfico y a su pujanza económica, basada en la pesca y en la industrialización que de los productos del mar emprendieron los barbateños. También sería  relevante la iniciativa política de los ciudadanos de Barbate.

Señalar que el escrito de Rodolfo Viñas que se reproduce, cumple con uno de los preceptos necesarios en todo trámite de segregación: el agravio comparativo y el victimismo —real o exagerado—, que el núcleo de población emergente dice padecer por el ayuntamiento matriz.

LAS ESCAMAS DE BARBATE

Barbate es el pueblo de las sardinas. Y el de los atunes. Pero, sobre todo, es el pueblo de las escamas. Las escamas comienzan en la orilla misma del agua y llegan casi a lo alto de Vejer, que está en la cima de la montaña, lejos del mar y de Barbate. Si hubiera manera de contar uno a uno los peces que capturan las embarcaciones barbateñas se vería que es uno de los puertos más importantes del mundo en relación al número de habitantes. A cada vecino le corresponderán seguramente millares de pescados. Y no hay que decir que por cada habitante hay esparcidas por el pueblo millones de escamas.

El Sol, 27 de abril de 1928

Barbate, a pesar de su riqueza, depende de Vejer, no tiene ayuntamiento propio. No cuenta con ninguno de los elementos necesarios para desarrollar la industria pesquera, que podría convertirse en un río de oro. Está en el más completo abandono.

Pero no se queja. Frente a las casas de la playa, convertidas en factorías, donde se prepara el pescado que va a surtir los mercados del interior, se forman montones de inmundicias. El agua, sucia o corrompida − verde, negra o gris−, despide olores insoportables. A veces no hay manera de respirar. Es algo heroico permanecer al lado de las pequeñas lagunas en fermentación. Pero … ¿qué importa esto? La gente trabaja, limpia el pescado, lo envuelve en nieve, clava las cajas. Ordena los envíos. En fin de cuentas: hay que luchar por la vida.

He preguntado con extrañeza  cómo es que no se cumplen los preceptos de higiene en Barbate.

Aquí −nos han dicho− no hace falta eso. No se vive mal. Una vez hace años el pueblo sufría los efectos de una epidemia variolosa. Se aplicaron todos los remedios científicos inútilmente. La epidemia no desapareció hasta que llegaron los atunes. Sus despojos se descomponen al sol y huelen tan mal que la viruela huyó de Barbate. no pudo con ellos…

Barbate, de todas maneras, sería un pueblo ideal si estuviera limpio y bien cuidado; con una gran Lonja para la venta de los productos de la pesca, con telégrafo y teléfono y con Ayuntamiento propio sería, sobre todo, un gran pueblo, si no tuviera escamas. Envuelto materialmente en ellas, nos da la sensación de que vive, a pesar de ser rico,  en plena miseria y en plena desesperación.