Demasiadas palabras

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Se enciende y se apaga una luz

Regresar a los libros ya leídos. Comprobar si con el tiempo quedan desfasados o conservan intacto el interés y placer de su lectura. Es un aliciente para la reincidencia descubrir, con la experiencia que dan los años, nuevos enfoques, indagar por qué razón me encandiló tanto una obra que ahora no me dice gran cosa, comprobar si la etiqueto como tocho inabordable o la sitúo en un lugar preferente de las estanterías.

Hace años leí Se enciende y se apaga una luz. De aquella lectura recuerdo que me gustó, poco más. Al cabo de los años he vuelto a esta novela tras descubrir a Ángel Vázquez en La vida perra de Juanita Narboni. Como escribía García Montero en un artículo reciente «releer es un ejercicio lleno de sorpresas». Y efectivamente, ahora encuentro elementos que antes me pasaron desapercibidos. Ese mundo lleno de realismo imaginativo, el tema de la soledad o el retrato de una parte de la sociedad esbozado con inteligente naturalidad, sin vehemencia. Entonces ignoraba la importancia de Tánger en la obra literaria de este escritor y la influencia de esta ciudad en el comportamiento de los distintos personajes que aparecen en el relato. La ciudad como espacio de libertad y convivencia en medio de una amalgama de procedencias, lenguas y religiones. Tánger es la antítesis de España que no dejaba de ser una, pequeña y acaudillada.

La novela se presenta fragmentada en años. El presente es 1958, pero el autor nos hace viajar al pasado y volver a ese presente una y otra vez para, con estos saltos temporales, ensamblar la historia de una protagonista muy condicionada por el contexto familiar y social. Cristina, es su nombre. Vive en el Monte, encerrada en su casa, en un ambiente claustrofóbico del que huye refugiándose en un armario. Y «en aquel armario, que estaba en el pasillo, tendida sobre un viejo cojín de felpa, a la luz de una linterna comprada en un bakal, jugando a la noche en pleno día, Cristina devora libros que forman su pequeño mundo». Se enciende la luz para Cristina en ese armario, una luz que se apaga con el puritanismo religioso y social que trata de inculcarle su madre.

La casa es una atalaya hasta donde llegan rumores de un mundo que le resulta lejano y ajeno. El armario, un pasadizo por el que escapar a un Tánger multicultural que rompe convencionalismo. «Cristina sube al tejado. […] Allí, con un trozo de pan untado de mantequilla y mermelada de naranja, vuelve, como en los tiempos de su infancia, a disfrutar de una inefable y maravillosa libertad. La ciudad aparece desparramada entre colinas. Los pinos ya no ocultan el mar, que se ofrece a sus ojos ancho y hermoso, salpicado de minúsculos vaporcillos. Árboles, coníferas en su mayoría, se acumulan en el horizonte formando una especie de estuario. Allá al fondo alguien está quemando hojas secas. Cristina entorna los ojos, ebria de luz». Cristina es el personaje y el tema central de la novela. En ella, Ángel Vázquez dibuja la imagen amable de una muchacha aislada en su casa; sola entre sus gatos y sus lecturas. Un personaje que se encierra en un armario para buscar la vida.

Cristina tiene un padre que representa la entrega profesional, el pensamiento crítico, el rechazo a la pompa vana y a las falsas apariencias. Julio es el único personaje masculino con perfil interesante. Comerciante entregado a sus negocios, se revuelve ante las intenciones y actitudes de Isabel, la madre de Cristina. En ocasiones responde con ironía: «No estaría mal que la invitaras a una de tus Juntas. Y que la hicieras miembro de esas sociedades benéficas tuyas, gracias a las cuales ya no hay pobres en el mundo». En otras, intenta sin conseguir rechazar un colegio de monjas para su hija: «¡Bravo, Isabel! Te felicito. Que nuestra querida Cristina no pierda el brillo de su pedigree. La hija de un vendedor de galletas y de una provinciana con pretensiones de duquesa sólo debe codearse con las hijas de […] Y, naturalmente, si al colegio va la hija de alguna aristócrata descarriada sería prodigioso, maravilloso». Cuando tras un viaje encuentra a su hija con el uniforme del colegio, se planta: «Uniformes, uniformes y escala de valores. Cada cual en su puesto. Isabel, mi hija no llevará uniforme en lo que le quede de vida. ¿Entiendes? No volverá a llevarlo. Medias negras a una niña de seis años, para que se pongan en su punto los viejos libidinosos que encuentre por la calle. Eso es pornografía…»

Su relación con Isabel es fría; él necesita el afecto y calor que no encuentra en la esposa. Ella le rechaza constantemente aduciendo ser una mujer de sólidos principios religiosos y porque tiene grabada, de la primera noche, su «terrorífico aspecto de oso». En Isabel, la madre, concentra Ángel Vázquez muchos estereotipos de la mujer de aquella decadente burguesía. Es decir, Isabel es una mujer religiosa, reaccionaria, y siempre muy pendiente del que dirán.

Lo dicho, cuando se vuelve a leer lo ya leído se descubre elementos que habían pasado desapercibidos o que permanecieron ocultos. Los textos leídos continúan exactamente iguales, nosotros hemos cambiado. Releer es como encender una luz para constatar ese cambio.
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