Demasiadas palabras

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La calle de Valverde

Título: La calle de Valverde
Autor: Max Aub

Editorial: El País
Año de edición: 2003
ISBN: 84.89669-80-5

Toda literatura que recrea la realidad contiene un discurso ideológico más o menos explícito que cuestiona, desajusta o consolida los esquemas retóricos, las mentiras establecidas o las verdades perecederas. Como el actual es un tiempo de xenofobia creciente, con una Europa donde proliferan los arquitectos de fronteras y una ciudadanía indiferente al drama de los inmigrantes y los refugiados, sería de agradecer la presencia de intelectuales comprometidos. Pero, ¿quiénes son?, ¿dónde están? Y sobre todo, ¿estamos dispuestos a escucharles?

Tengo entre manos un libro de un escritor de ironía inteligente y suficiente capacidad para desmontar el pensamiento conservador y, desde su militancia socialista, desairar los tópicos de la izquierda. Se trata de un humanista en el sentido renacentista del término y de una novela que probablemente nunca figure entre las mejores, pero su lectura resulta amena e ilustrativa del momento histórico en el que se desarrolla.

Releo frases y fragmentos, subrayados de la primera lectura —el subrayado condiciona el regreso sobre el mismo ejemplar pero revela bastante de quien trazó las líneas—. Por momentos, parece una novela actual: «Como en toda dictadura que se precie de serlo en nuestro tiempo, los obreros parecen satisfechos»; «por lo visto para los socialistas, las apariencias son muy importantes»; «Barcelona es aparte, no es España». Son frases que parecen extraídas de una crónica publicada en cualquier periódico de estos últimos años. Algo parecido sucede con estas: «Les molestaba lo catalán, su deseo de independencia —en todos los sentidos—; no por las diferencias sino por la identidad»; «La enfermedad más generalizada: el escepticismo; los monárquicos no creen en la Monarquía, los republicanos no creen en la República, los católicos no creen en la Iglesia». No menos vigente la visión de esta España que algunos desean más cohesionada y otros federal o plurinacional: «El sistema centralista borbónico, que nadie ha sabido remediar en centurias, lleva a este bonito resultado». Naturalmente que el ambiente, las profesiones y estudios, la descripciones de la calle y sus edificios pertenecen a otra época, pero cuando escribe: «es fachendoso, engreído y buena persona. Lo malo: que dirige los destinos del país», es imposible no ponerle nombre.

Una revolución, ni se hace ni se impide: es, surge, está ahí, de pronto. Tiene sus razones —nadie lo puede dudar—, pero de ahí a organizarlas va mucho camino. Otra cosa es el acuartelamiento, el pronunciamiento. Pero eso no son revoluciones. Si mañana, a consecuencia de conspiraciones de guadarropía, se proclamara la república, tampoco sería una revolución. Las revoluciones las hacen los pueblos. Y para que tenga éxito es necesario que coincidan, en el tiempo, con unos dirigentes que sepan aprovechar su empuje. […] Aquí, en España, se ha levantado muchas veces el pueblo. Otras ha habido presuntos caudillos. Nunca han coincidido. Aquí nunca ha habido una revolución ni, por lo visto y oído, la habrá.

Volviendo al principio: ¿qué dicen, qué escriben, dónde están los intelectuales de hoy? El intelectual o es un referente social o no lo es. Alguien puede ser un gran pensador, un magnífico escritor, un estupendo cineasta o científico pero la condición de intelectual la adquiere cuando, valiéndose de su prestigio, interviene en la actualidad y sus palabras son referencia para buena parte de la sociedad. En este sentido, para que existan intelectuales es necesario la coexistencia de una ciudadanía dispuesta a ver, leer, escuchar y aprender.

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