Demasiadas palabras

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Las chicas

La novela de Emma Cline es una historia de insatisfacción y búsqueda, de un caminar adolescente bordeando precipicios y de una madurez removiendo recuerdos del verano de 1969 para desprenderse de aquel trasfondo temeroso que le acompaña desde entonces.

A Evie Boyd, la protagonista, le empuja la vida con demasiada celeridad. Hija única de padres separados y clase media, es una adolescente solitaria y observadora que quiere ser mayor a sus catorce años. La novela traza su complicada relación familiar y sus innumerables peripecias durante aquel verano. Primeros escarceos y experiencias sexuales, coqueteo con las drogas, algún que otro hurto, la fascinación por una chica llamada Suzanne y la aceptación del líder de un pequeño grupo hippy asentado en un rancho oculto entre colinas. Un lugar que a la protagonista adolescente le pareciera un espacio de libertad, exótico y emocionante, mientras que convertida en mujer madura lo recuerda como una escombrera pestilente, un lugar para la dominación y el abuso.

La protagonista y narradora, en ocasiones es una mujer adulta a quien le cuesta explicar cómo quedó atrapada por aquella locura; «los detalles se habían desvanecido con el paso de los años y les había crecido una segunda y una tercera piel». En otras, es la adolescente que fue. Este juego literario de doble narradora desorienta al lector cuando la Evie adolescente hace observaciones propias de una mujer adulta. Por otra parte, a medida que avanza el relato, se observa cómo la protagonista oscila entre la adhesión y el recelo. Le sigue atrayendo aquel grupo de chicas que observara un día en el parque y de las que le sedujo su aparente libertad, su vestimenta descuidada; su aire de abandono. Sospecha de las cualidades extraordinaria del líder, a quien las chicas veneran y complacen en todo.

Los encuentros sexuales de Evie con el líder están plagados de dudas y zonas oscuras. Mientras que ella percibe que las otras chicas están sometidas a los encantos de éste, se percata que no es como ellas, que en realidad a ella quien la ha hechizado es Suzanne: «Parecía tan extraña y tan salvaje como esas flores que se abren con un estallido fulgurante una vez cada cinco años, con esa provocación escandalosa y turbadora que era casi lo mismo que belleza». La atracción de Evie no es con Russell, el líder del grupo, sino con Suzanne que es su prolongación entre las chicas. Entre ambas hay una tensión erótica mantenida durante todo el libro. La historia se sustenta en ese vínculo entre ambas. Los demás miembros de la comuna, incluido Russell, son meros actores secundarios.

En realidad el grupo, más que una comuna, constituye una auténtica secta. Una secta sustentada en el poder de seducción del líder; un poder conseguido y fortalecido con el engaño y manipulación de personas incautas e insatisfechas. Una secta que, como suele suceder, se sostiene sobre las debilidades o necesidades de quienes la integran y sobre la capacidad de un líder para convencerles de que solo perteneciendo a este círculo encontrarán lo que han estado buscando y necesitan.

La novela es mucho más que el relato de una adolescente enfadada con el mundo o lo complejo que es ser una chica y del reto de la adolescencia femenina. Las chicas es también una aproximación al mecanismo psicológico de las sectas o cómo las personas vulnerables pueden verse inducidas a comportarse de manera incomprensible.


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