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Cervantes, Marx, cabras y ovejas

La literatura es un recurso o invención para recrear gestas, amores, desengaños y sueños. La ficción, un procedimiento utilizado en la narrativa para plasmar la realidad, explorar mundos imaginarios o viajar en el tiempo. La cultura oral y la escrita han recurrido y recurren a la ficción para narrar acontecimientos históricos, para transmitir angustias, anhelos y alegrías.

Pablo Santiago Chiquero nos ofrece una fabulación reivindicativa —publicada por la editorial andaluza Maclein y Parker— sobre el poder de los libros y la capacidad de transformación de la lectura. A su vez rinde homenaje a Cervantes y Carlos Marx. Al primero, porque el realismo de Sancho y el idealismo de Don Quijote siguen presentes en muchos de nosotros y en la sociedad actual. Al segundo, porque la desigualdad es una evidencia —todo el mundo sabe «que la riqueza está muy mal repartida»— y que la transformación de la sociedad es necesaria en esta democracia tan subordinada a intereses económicos.

Ignoro si Pablo Santiago Chiquero recordaría aquello de que “hay gente pa to” cuando modeló la figura Mateo; un tipo que no se arruga ante nada y que es el personaje principal de este Cervantes para cabras, Marx para ovejas. Sí parece que estuviera convencido de la capacidad transformadora de la lectura, del aprendizaje y el conocimiento. Mateo es un pastor temeroso de los rayos que, paralizado por el tedio, se encama y renuncia a la vida de puro aburrimiento. Si la lectura ejerce en Alonso Quijano su transformación en Don Quijote para regresar a los tiempos de la caballería andante con la intención de enmendar entuertos, en el pastor del pueblo imaginario de Abra, la lectura ejerce un poder curativo: «Si El Quijote consiguió sanarlo y arrancarlo del sucio catre en el que se había encamado, El Capital fue para Mateo como una pedrada, como caerse de una alta higuera en la que se han estado cogiendo brevas».

Junto a él, Lázaro, maestro seguidor de la Institución Libre de Enseñanza, que prefiere transmitir a sus alumnos nociones sobre «la higiene, las enfermedades, el uso de la violencia, la familia, la alimentación, el trabajo o la importancia de la alfabetización para tener una vida próspera y feliz». Un maestro más interesado en los valores que en «llenar la cabeza de los muchachos con conocimientos hueros sobre reyes, ríos, cordilleras y hazañas patrias» que, en todo caso, «aprenderían solos y sin dificultad cuando el terreno estuviese fértil y bien labrado». Lázaro era un hombre que «siempre había sido feliz gracias a los libros, a aquel puñado de obras que leía una y otra vez y en las que siempre encontró nuevas ideas y formas de expresión. Los libros le hacían compañía, poblaban su solitaria vida, mitigaban la tristeza, la cólera o el dolor».

Si quien escribe tiene el correspondiente derecho de autor, quien lee tiene la prerrogativa de ejercer su particular derecho de interpretar lo leído. Y como resulta que los libros no terminan cuando los cerramos ni acaban con el final del último capítulo, quien lee este Cervantes para cabras, Marx para ovejas puede dejarse llevar y disfrutar de esta narración, plantearse si la sociedad actual puede unirse y transformarse como lo hacen quienes levantan la comuna de la Ínsula Esperanza. También puede deleitarse con la prosa de vocablos añejos, con estilo cervantino que premeditadamente espolvorea el autor en algunos fragmentos o con los recursos literarios que usa aprovechando el escenario natural de esta ficción: «a punto de caer la guillotina del atardecer […] departían largo y tendido hasta que la noche se cerraba sobre ellos con un negro temblor de grillos y un blanco chirriar de estrellas».

Puede que leer no nos haga mejores personas, pero además de entretenernos resulta indispensable para formarnos, soñar, pensar o interpretar la realidad.


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