Demasiadas palabras

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Más allá de los aplausos

La historia de la humanidad esta cargada de guerras, epidemias, catástrofes naturales y crisis económicas que siempre dejaron sus secuelas sobre todos, pero incidieron con especial virulencia sobre los ciudadanos más vulnerables. Ante esta emergencia sanitaria y laboral podemos actuar refugiándonos en un optimismo placentero, sumergirnos en un derrotismo enfermizo o, siendo consciente de la catástrofe, hacer lo posible para impedir su expansión.

Marzo y abril quedarán marcados en la memoria colectiva. Recordaremos este periodo por los días de zozobra, pero también por sus logros y por sus derrotas. La respuesta cívica de la ciudadanía y de la clase trabajadora, como orgullo y emblema de lo mejor de este país; las carencias sanitarias, la política de hostigamiento, la información tendenciosa y el uso perverso de las redes sociales, como lo peor.

Pensaba que la pluralidad de medios y el acceso a la información era un paso necesario para la construcción de una sociedad por informada más libre. Observo que se vuelve a la trinchera, al editorial militante, a la paparrucha en detrimento de la información y a la saña desde columnas de opinión, púlpitos radiofónicos y redes sociales infectadas por iluminados, troles y bots. Todos opinan; hay quienes se limitan a insultar con una convicción absoluta. Sus mensajes son tan contundentes y tanta la certeza desde la que evalúan, que no dejan momento para la duda ni para una opinión divergente. Como resultan tan previsibles, en tiempos de arengas y siempre, lo más prudente es rehusar sus monsergas. Resultan cansinos y se creen infalibles; quienes tienen otra opinión, son unos desgraciados ignorantes. Para comprender la realidad del presente resulta indispensable honestidad informativa y actitud crítica. Tal vez de manera equivocada rehúso de las posiciones catastrofistas, de las opiniones histriónicas y sectarias, evito la búsqueda obsesiva de información; me interesan los datos.

Poco espero de la mayoría de esos dirigentes políticos, de mirada corta y etiqueta grande, empeñados en sacar rédito electoral de ésta y de cualquier situación dramática. Por cómo están actuando, todo indica que los análisis y debates partidarios se impondrán a los intereses ciudadanos, que una vez más huirán de la política para refugiarse en unas trincheras donde el proyecto de país es sustituido por el odio, crispación y la intransigencia.

Escribía recientemente Manuel Castells: «No es el fin del mundo. Pero es el fin de un mundo. Del mundo en el que habíamos vivido hasta ahora». Quiero pensar que cuando todo pase una inmensa mayoría de ciudadanos no olvidaremos a los trabajadores que el gobierno ha señalado como esenciales y que suelen estar en el escalafón salarial más bajo. Sí, pude ser muy emocionante y sincero el aplauso de todas las tardes a los sanitarios y tantos otros trabajadores. Pero ¿se les seguirá aplaudiendo cuando acabe el confinamiento? ¿Volverá a caer sobre ellos y otros trabajadores la tarea de reconstrucción del país?

Será necesario tener memoria para cuidar de estos imprescindibles sean sanitarios, limpiadoras, cajeras, transportistas, inmigrantes… Cuando todo pase, ¿nos olvidaremos de los aplausos permitiendo volver a la privatización de servicios esenciales como la sanidad, la educación o el cuidado de nuestros mayores? ¿Aprenderemos algo de lo que está pasando?


3 comentarios

  1. Verbarte dice:

    Soy pesimista.

    Este país, su ciudadanía, y esta civilización globalizada pasa de la euforia a la depresión, del aprecio al desprecio, y viceversa, en menos de lo que se tarda en cambiar de canal en el televisor.

    Soy pesimista.

    Los principios de la propaganda goebbeliana, a pesar de ser conocidos, siguen funcionando y los usan a diario con temible efectividad los partidos de la derecha (ultra y extrema) y el ejército de seguidores, troles y bots con que cuentan, sirviendo la inmensa mayoría de los medios de comunicación de altavoces persistentes e insistentes.

    Soy pesimista.

    Pasado mañana, la inminente crisis económica arrasará la memoria del virus: los aplaudidos volverán a ser la casta de privilegiados que quieren más sueldo y trabajar menos o el enemigo a batir para conseguir un precario puesto de trabajo insuficientemente pagado.

    Soy pesimista.

    La sociedad ha demostrado su capacidad para tropezar con la misma piedra como Sísifo y para olvidar y repetir la historia.

    Soy pesimista.

    Salud

    • Juan dice:

      Muchas de tus razones para el pesimismo son ciertas y, precisamente por ello, deben hacernos pensar que no podemos caer en errores pasados. Es necesario tomar conciencia de nuestra realidad, reflexionar sobre lo que estamos viviendo estos días para cambiar las cosas.

      Leí por algún sitio que el pesimismo es revolucionario si nos ayuda a ver qué va mal y a analizar qué puede cambiarse. También recuerdo unos versos de Blas de Otero: “Creo en el hombre. He visto espaldas astilladas a trallazos, almas cegadas avanzando a brincos (españas a caballo del dolor y del hambre). Y he creído”.

      Particularmente, más que pesimista me considero escéptico.

      Salud

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