Demasiadas palabras

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Parecidos razonables

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Banderas, emociones, exaltaciones patrióticas y concentraciones sazonadas con abundante dosis de desprecios e insultos a quienes no se sumen a la apoteosis nacionalista. Comparen los discursos de los independentistas catalanes, recuerden sus mensajes, sus acciones y líneas argumentales; hagan lo mismo con los españolistas. ¿Alguna diferencia?

En tiempos de abanderados, soflamas y patriotismo envasado al vacío, me declaro contrario a los agitadores de instintos primarios. Todo este aquelarre identitario me provoca cierta indiferencia. Si un tipo como Serrat es calificado de facha o alguien no es buen patriota si no emociona ante la cabra de la legión, ¡qué quieren que les diga! No me gustan las banderas ni la ostentación de símbolos. Tampoco las fronteras. No tengo sentimientos patrióticos; escribo, emulando a Lorca, que me siento más cerca de un marroquí respetable que de un español impresentable. No, no me ofenden las banderas salvo cuando se enarbolan para excluir u ofender. Sí me preocupa la sangría de derechos, el delictivo uso de los dineros públicos y la actitud de esa parte de la sociedad que se muestra indiferente ante los abusos, la corrupción, la misoginia, la xenofobia, el odio al diferente o ante el retroceso de libertades.

Uno de los aspectos más irracionales del nacionalismo es que se propone salvarte aunque no lo hayas pedido. Salvarte cuando no estás en peligro o salir en defensa de la patria, del concepto de patria que ellos tienen. ¡Es la hora de España!, gritan unos. ¡Es la hora de Catalunya!, gritan otros. El nacionalismo se retroalimenta con otro nacionalismo. El catalán, por ejemplo, encuentra en el españolismo una fábrica de independentistas sin percatarse que ellos están generando el mismo efecto. ¿Acaso no ven que ambos constituyen un criadero de fanáticos que hacen aflorar intolerancias y odios? Al nacionalismo fetén eso no le preocupa; es más, lo busca y alienta. El nacionalismo inyectado en vena lanza violentas diatribas contra el nacionalismo contrario: ¡España nos roba!, ¡Nos rompen España! Es su forma de crecer. Como no hay nada más tranquilizador que la designación de un culpable, el nacionalismo alcanza su clímax cuando encuentra un enemigo al que endosar sus frustraciones y, de paso, si le sirve para tapar sus vergüenzas, mejor que mejor.

La historia del nacionalismo es una dialéctica de agravios, fabulaciones y traiciones. Para que el nacionalismo avance es necesario construir un relato épico aunque sea a costa de la verdad histórica, identificar a los enemigos y señalar a los traidores. Los voceros del nacionalismo proclaman paparruchas que, como la lluvia fina, van calando en el pensamiento de la gente. Algunos jarrones chinos del socialismo, del PSOE los años ochenta y noventa, parecen que han estado sometidos a esa corrosiva acción hasta convertirse en figuras simpáticas para el nacionalismo españolista más reaccionario. Hablan subidos al púlpito de su prestigio para propagar los mensajes de la derecha. Peroran desde la experiencia del anciano cascarrabias: tú no sabes, no piensas correctamente; tú estás equivocado.

En días de banderas y patriotismos, no conozco mejor opción que evitar caer en la dinámica del discurso del odio, en la estigmatización de quien piensa de otra manera o en el secular empeño por convertir al oponente político en enemigo. En una viñeta de Forges: «Parece ser que han descubierto un viagra que potencia el cerebro y se llama book». Pues eso.

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1 comentario

  1. Borgeano dice:

    Todo nacionalismo es dogmático; de allí que las religiones y los fascismos se sientan tan cómodos con él. Son facetas de un mismo cristal (no vamos a decir “diamante” por cuestiones obvias).

    Un abrazo.

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