Demasiadas palabras

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Vida y destino

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Como suelo subir a este blog apuntes sobre las lecturas que me seducen, intento esbozar unas líneas de una obra que conmueve y hace pensar, que incomoda y embriaga, que interroga y hace dudar. Una novela que, sobreviviendo a la censura y al olvido, se ofrece al lector como una reivindicación del ser humano en un escenario atroz. Un relato que constituye una critica demoledora a los totalitarismos; a los horrores del Gulag o del Holocausto.

Erasmo: «El que no tiene libros destrozados es que no los ha leído». Destrozar, en este caso, como sinónimo de marcar, subrayar o anotar en los márgenes. Leo Vida y destino. Comienzo subrayando frases que intuyo significativas y marcando los párrafos más representativos. Bastan unas cuantas páginas para desistir. Es tanto lo marcado y tanto lo susceptible de ser anotado que no hay márgenes suficientes. Para descifrar el laberinto de nombres o la variedad de temas y controversias; mejor dejarse llevar por la propuesta narrativa del autor.

Todo lo que pueda decir de esta novela está condensado en su título: Vida y destino. Vida de sufrimiento y dignidad; de crueldad, horror y ternura; de destrucción, miedos y anhelos; de personajes sumisos y heroicos. Destino de mujeres y hombres víctimas de la sinrazón de una guerra permanente contra el enemigo; rehenes del poder totalitario y criminal del nazismo o del estalinismo. La barbarie y la esperanza en el frente de batalla, el espanto y la grandeza en los campos de concentración y en los campos de trabajo. La ternura en la cámara de gas. La libertad; su ausencia. La ciudad de Stalingrado asediada, como prisión para los contendientes. Las convicciones sometidas a la duda. Las relaciones personales; la compasión. La revolución que, observada como un estallido de esperanza, sometida a la obediencia y sumisión involuciona hacia nazismo.

La vida cotidiana en el frente, en los vagones de un tren con destino a la parca, en las trincheras, bajo las bombas, entre el polvo, el frío y la metralla. La depravación humana y el humanitarismo más conmovedor. La esperanza; siempre hay buenas personas, incluso en las peores circunstancias. La alegría y el dolor, el amanecer del que puede ser el último día y una guerra, que como todas, siempre está dispuesta a llenarlo todo de destrucción y muerte. Se trata de un relato que bucea en la memoria más allá de las pruebas documentales que atestigüen lo que acontecía en el frente, en la retaguardia o en los campos de exterminio. Hay ejércitos y enemigos, civiles y militares; personas que sufren. Y, entre la fatiga y el agotamiento, una sonrisa, el gesto compasivo con quien hace daño o la capacidad para disertar sobre temas como la libertad, el amor, el poder, la ciencia o la literatura rusa de Chéjov, Tolstoi, Dostoyevski o Gógol, entre otros.

Siempre hay motivos para leer una novela. Al leer ésta de Vladimir Grossman se tiene la sensación de que entre tanto espanto siempre hay personas que dignifican al ser humano, que nos mejoran. Complicado ordenar tantas ideas, condensar todo lo que esboza el mosaico que se nos ofrece. Ya se sabe que el autor pone las palabras y los lectores damos nuestro particular sentido a lo escrito. Por ello, no es necesario anotar los diferentes nombres con los que el autor denomina a sus personajes porque lo interesante son sus reflexiones sobre el bien y el mal, sobre el paso del tiempo, el antisemitismo, los totalitarismos, la importancia de un descubrimiento científico o la gran literatura rusa del siglo XIX. Hay páginas que conmueven, personajes que te hacen pensar, dudar; referencias que asumes o rechazas:

«Yo vi la fuerza inquebrantable de la idea del bien social que nació en mi país. Vi esa fuerza en el periodo de la colectivización total, la vi en 1937. Vi cómo se aniquilaba a las personas en nombre de un ideal tan hermoso y humano como el ideal del cristianismo. Vi pueblos enteros muriéndose de hambre, vi niños campesinos pereciendo en la nieve siberiana. Vi trenes con destino a Siberia que transportaban a cientos y miles de hombres y mujeres de Moscú, Leningrado, de todas las ciudades de Rusia, acusados de ser enemigos de la grande y luminosa idea del bien social.

[…] El bien no está en la naturaleza, tampoco en los sermones de los maestros religiosos ni de los profetas, no está en las doctrinas de los grandes sociólogos y líderes populares, no está en la ética de los filósofos. Son las personas corrientes las que llevan en sus corazones el amor por todo cuanto viven; aman y cuidan de la vida de modo natural y espontáneo».

 

 

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