Demasiadas palabras

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Reaccionar

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Los medios de información no nos impiden contrastar, deducir y, llegado el caso, actuar. Parapetarnos en la comodidad del victimismo evidencia conformismo y claudicación. Para evitarlo, solo es necesario observar con cierto escepticismo todo aquello que se nos ofrece como cierto y cimentar una actitud crítica hacia todo mensaje político o periodístico. En cualquier caso necesitamos del periodismo, pero sobre todo de una actitud vigilante para evitar que la información y doctrina que nos transmiten se convierta en dogma y pasto para el sometimiento, la intransigencia o el fanatismo.

Todo requiere un esfuerzo. No hay método infalible contra la manipulación y la demagogia, pero un poco de astucia para diversificar y procesar la información parece aconsejable. En este sentido, la desidia es un obstáculo. En ocasiones no actuamos por dejadez, cuando amedrentados ante las dificultades, optamos por no actuar y descargar en los demás nuestras frustraciones y procediendo como si no supiéramos que de nuestra dejadez se valen aquellos que nos prefieren ensimismados. Los indolentes eligen la opción más cómoda; no procuran informarse, formarse un criterio, construirse una ética. En los últimos años hemos conocido noticias que deberían haber trastocado nuestro sistema político, económico y social. Los casos son numerosos y se airean con frecuencia en la prensa sin que, por muy escandalosos que sean, se responda adecuadamente. El «cuarto poder», con todas sus miserias y nuestras cautelas, necesita de nuestra complicidad para suministrar información y ejercer control sobre otros poderes.

La democracia necesita del esfuerzo de todos para construirla día a día. Su fortaleza o debilidad depende de las ideas que se convierten en dominantes en cada momento. En las últimas semanas se ha impuesto un discurso que nos retrotrae a tiempos predemocráticos. De pronto se extiende la sensación de haber desaparecido el deseo y aspiración,—¡que no el logro!— de un ánimo solidario, la necesidad de proteger a los más vulnerables y el respeto a las diferencias; la aspiración al progreso social mediante un reparto más justo de la riqueza o la contribución al bien común. Todo parece cambiar por unos resultados electorales y por una campaña mediática que transmiten la sensación de que todos los valores que parecían arraigados se difuminan. Ahora, como por en canto, lo público resulta más ineficaz que hace unas semanas, es indispensable bajar los impuestos a los más ricos y la educación pública se fortalece aumentando la financiación a la concertada. Ahora se propaga el discurso del odio y quienes luchan por sus derechos son calificados como pedigüeños de subvenciones y privilegios. Con más énfasis que antes, quienes huyen de la guerra, del hambre o de la miseria son observados como invasores y acaparadores de ayudas. Ahora, como siempre, los datos se sustituyen por palabrería y llamamos fake news a las paparruchadas de toda la vida.

¿Estos tiempos son los peores de nuestra democracia? Cabe suponer que no, pero conviene estar atentos frente al estímulo de la ignorancia y el desprecio por los derechos individuales y colectivos. Es cierto que hemos llegado aquí por hartazgo hacia una clase política deficiente, pero también por nuestra propia indolencia. La realidad nos grita, pero no la escuchamos. Es cierto que nos encontramos en la antesala de un periodo que pretende normalizar exclusiones y proyectar involuciones; ante esta perspectiva, no podemos aislarnos de la política como si ignorásemos que nuestro hartazgo es el arma de la que se valen quienes desean suprimir los derechos conquistados.

Ya lo sentenció Albert Einstein: «El mundo no será destruido por aquellos que hacen el mal, sino por aquellos que los miran sin hacer nada».

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