Demasiadas palabras

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Insulto y voto

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Los políticos hablan mucho y hacen poco. Y en su hablar, la oratoria brilla por su ausencia; prefieren la expresión violenta, el desprecio del contrario o el insulto, como prueba de sus habilidades comunicativas. Lo de la exposición razonada lo dejan para sus tesis, másteres, plagios, tratos de favor y otras lindezas.

En el debate político parece obligado el hablar categórico y el mostrar indignación para parecer más convincente. Entonces aparece la alusión hiriente o algún exabrupto que haga llamar la atención del público y de unos medios siempre predispuestos hacerse eco de lo más simple. De esta manera se incita a pasar de la insinuación a la indirecta burlona, de la insolencia a la provocación, de la grosería al insulto. La espiral es creciente y cada vez más ofensiva.

El insulto es como un terremoto; una provocación, un agravio que rebota y produce réplicas. Todos los políticos dicen sentirse humillados y ofendidos con los insultos ajenos, pero cuántos lo desechan en sus diatribas. Hay quienes sostienen que el insulto y la demagogia —que no deja de ser una forma de ofensa— cohesiona el voto militante y activa la participación; triste panorama si, en este denigrante aquelarre pseudodemocrático, todos insultan para atraer adeptos. Que las ideas se combaten con ideas parece una obviedad, pero en política es una rareza en peligro de extinción. En política se insulta con desparpajo, sin complejos y con más desenvoltura que conocimiento.

El papel de prensa es determinante cuando las expresiones ofensivas reciben la recompensa de ser repetidas y publicadas por la mayoría de los medios como lo más significativo de las declaraciones del político de turno. La argumentación o las propuestas quedan relegadas a un segundo plano o simplemente no aparecen. Aunque sea lamentable, en el debate político tiene más repercusión el encontronazo verbal que las propuestas planteadas, resultando que la confrontación ideológica o partidaria es sustituida por el cruce de acusaciones. Algo que no deja de ser un error porque profundiza en el descrédito de todos.

Dicen que la descalificación y el insulto son recursos de quienes no tienen ideas, argumentos o poder de convicción. Pero como siempre es razonable dejar espacio a la duda, me pregunto si el político cuando insulta, lo hace porque no tiene otros recursos o porque considera que somos idiotas. El político sabe que los medios de comunicación destacan la forma —en este caso, el insulto— sobre el fondo y que una sarta de insultos cruzados genera más audiencia que un debate riguroso sobre los problemas importantes que afectan a la ciudadanía. Las tertulias televisivas lo escenifican cuando eligen a contertulios con un perfil concreto para que la estupidez, el escándalo y la bronca estén garantizadas. Un día habrá que reclamar de políticos y medios que atiendan a lo importante porque centrarse en la descalificación, supone un insulto a la inteligencia de todos. El insulto no tiene defensa y cuando algún columnista o tertuliano se escuda en la libertad de expresión, para seguir insultando, simplemente pervierte el lenguaje y malversa esa libertad a la que alude.

Comparto las palabras de Suso de Toro: «El límite de la democracia, de las libertades en España, está en la sociedad misma, es ella quien tolera y justifica». Cuando, como ciudadanos y electores, percibamos que en el insulto entre políticos los peores tratados somos nosotros, entonces y sólo entonces cogeremos la papeleta adecuada y la introduciremos en la urna como acto de desagravio.

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3 comentarios

  1. Verbarte dice:

    Valen todo tipo de insultos, excepto cagarse en dios.

    • JCRomero dice:

      Los católicos que acusan a Willy Toledo parecen olvidar aquello de “poner la otra mejilla” y de la existencia de un infierno para quienes no creen o no cumplen con los preceptos de su religión. Por ello sorprende que en vez de apostar por una acción acorde con sus creencias emprendan una acción judicial. La frase que llega a los tribunales se oye a diario por todas partes, probablemente sin ánimo de ofender, como un latiguillo sin mayor significado y sin la pretensión de mezclar religión con escatología. En todo caso, tan absurdo es que un ateo blasfeme sobre algo en lo que no cree como que un creyente se ofenda por ello.

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