Demasiadas palabras

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Pasar página

La democracia no puede permanecer impasible ante la manipulación informativa, ante gobiernos incapaces o ante situaciones de privilegios humillantes que perpetúan honores que ofenden. Hacer frente a la exaltación de cualquier régimen totalitario es una obligación tan democrática como proteger la libertad de expresión o la discrepancia política.

Puesto que en el debate político nadie está predispuesto a dejarse convencer, ¿es necesario justificar la conveniencia de sacar a un dictador de un mausoleo o la necesidad de acabar con aquellos monumentos erigidos para gloria y exaltación de una dictadura? Las explicaciones y los argumentos se exponen para aclarar malentendidos o contrastar diferentes puntos de vista, pero qué hacer con quienes defienden posiciones intolerantes y se manifiestan contrarios a cualquier decisión, legitima y legal, que trate de suprimir la simbología antidemocrática. Cómo proceder frente a quienes consideran a todo aquel que no comparte sus ideas como un enemigo a quien hay que doblegar. Cómo actuar frente a quienes desprecian los resultados electorales porque añoran un liderazgo caudillista de mano dura y bota, por supuesto, militar. Cómo hacer frente a quienes reproducen tics de un pasado marcado por la represión y la violencia. Si todo está explicado, si todas las posturas están expuestas, qué interés hay en dilatar lo inevitable y necesario.

Acostumbrados a la condescendencia de los distintos gobiernos del actual periodo constitucional, cuando el Congreso aprueba la exhumación del dictador por 198 votos a favor frente a 140 abstenciones y 1 voto en contra —dicen que por error—, los nostálgicos no alzaron mucho la voz. Debieron pensar que la cosa no pasaba de un simple acto simbólico sin mayores consecuencias. Ahora, cuando se pretende hacer efectivo aquel acuerdo parlamentario, aparecen franquistas por todos lados y algunos grupos políticos, que no se opusieron en la referida votación, actúan como si hubieran equivocado su voto. Alegan que no es el momento, que las formas no son las correctas o que no es un asunto urgente. Pasado cuarenta años de la muerte del innombrable estos pretextos suenan a chistes de mal gusto democrático. Tanto pretexto absurdo termina dando por bueno el argumentario en favor de conservar los restos del tirano en lugar destacado y prolongar en el tiempo un monumento humillante para las víctimas y repugnante para los demócratas.

¿Por qué narices la democracia española debe seguir homenajeando a un dictador? Resulta paradójico, tal vez surrealistamente chungo, perpetuar la glorificación del tirano y ensalzar las atrocidades del régimen mientras se mantienen sepultados en cunetas y fosas comunes a muchas de sus víctimas. De la derecha española no cabe esperar un rechazo contundente de la dictadura; han tenido cuarenta años y no lo han hecho. Que el principal partido de la derecha fuera fundado por ministros del régimen puede explicar por qué siempre se ha refugiado en que no era bueno mirar al pasado, reabrir heridas y otras milongas justificativas. Malo, la supuesta nueva derecha continúa en las mismas; peor, millones de votantes aceptan ese discurso.

La democracia es un sistema que exige de todos. De los políticos, comportamientos transparentes y acordes con sus compromisos electorales; de los ciudadanos, una actitud vigilante, reflexiva y crítica sobre asuntos de interés ciudadano y sobre quienes elige como representantes. La discrepancia y el acuerdo son valores democráticos. En este sentido, siendo deseable pasar página de cierto periodo de nuestra historia no es menos cierto que para pasarla es preciso que esa página sea escrita, leída y asumida por los demócratas y los partidos democráticos de este país. No será fácil consensuar un acuerdo de mínimos sobre ese pasado tenebroso que, como un fantasma, se perpetúa en el tiempo. Por ello, sería partidario de hacer lo que es necesario hacer por justicia, dignidad y decencia democrática.

Escribamos de una vez esa página para cerrarla y ocuparnos de la desigualdad y la miseria, de la exclusión social y la marginación, de los derechos ciudadanos y los atropellos del poder. Pasemos página para afrontar esas cosas que nos afectan ahora y siempre.

Peter Nelson, Hailey Niswanger, Willerm Delisfort, Raviv Markovitz, Itay Morchi


5 comentarios

  1. Borgeano dice:

    Hace poco tiempo (en mi caso por un tema puntual argentino, mi patria de nacimiento, aunque no la que me cobija en estos momentos) propuse o compartí la idea de que toda promesa o declaración formal por parte de un político en campaña, fuese considerada como parte de un contrato contraído con sus votantes. Al leer tu artículo veo que la idea no es descabellada y que sólo es una más entre otras muchas que hacen falta en nuestros países para que podamos decir que vivimos en verdaderas democracias. En el caso que señalas, veo que hay que pensar en una forma de control directo sobre estas decisiones, ya que no es posible que un grupo de personas que supuestamente (y digo “supuestamente” con toda seguridad sobre el término) nos representan actúen de forma diametralmente opuesta a nuestro parecer.
    En síntesis: hay que crear nuevas leyes; pero esta vez tenemos que crearla nosotros.

    Un abrazo.

    • JCRomero dice:

      La idea del contrato es acertada. Ocurre que para hacerse efectiva se necesita un cuerpo electoral concienciado y exigente, así como una prensa que, con rigor, informe a la ciudadanía. Una de las piedras angulares de la democracia es el papel de la ciudadanía, pero ocurre que con frecuencia o tal vez obedeciendo a una estrategia interesada se traslada la sensación de que la política es puro desastre, que lo más adecuado es dejar la política en manos de gestores que cumplan a rajatabla los mandatos de entes supranacionales influenciados o controlados por el poder financiero. Hay que reivindicar la política y para ello no hay nada mas conveniente que ser exigentes con los políticos, aunque sólo nos representen supuestamente.
      Saludos

      • Borgeano dice:

        Claro,claro; soy consciente de las enormes dificultades que implica poner en marcha una idea como la que planteo, pero viendo a la historia sé que hay un modo (que yo no lo sepa no quiere decir que no exista) factible de llevar esto a cabo (y mejor ni te cuento las ideas que tengo con respecto a la educación…).

        Un abrazo.

  2. Verbarte dice:

    Franco no ha muerto.

    Salud

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