Demasiadas palabras

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Hacer lo suficiente

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Quienes quisieron ver en la globalización una oportunidad para extender derechos y libertades o la utopía de resolver los principales problemas de la población mundial, se equivocaron. Consecuencia de la misma y de la crisis económica, es el languidecer de las democracias occidentales y la regresión de las libertades cívicas, mientras que los derechos humanos quedan enredados entre los alambres de espinos fronterizos o las crueles concertinas del rechazo o la indiferencia.

El resurgimiento de la demagogia y la extrema derecha en Europa tiene mucho que ver con ello, con los «perdedores de la globalización» y con quienes realmente soportaron la crisis económica. Muchos europeos, frente a una posición cosmopolita y solidaria, responden con más identidad nacional: «¡Primeros los de aquí!». Ante la expansión de la incertidumbre y la creciente precariedad laboral, son muchos los que se refugian en proyectos políticos que les hipnotizan primero y les esclavizan después. Lo prioritario ya no es el hombre, sus necesidades y valores; ahora lo urgente es cerrar fronteras y señalar como culpables de nuestros males a los que «tuvieron que marchar a vivir una cultura diferente» como cantara León Gieco. Ahora se arenga sobre la necesidad de proteger el territorio, la cultura nacional y al conjunto de la población autóctona ante la llegada de extranjeros. Se trata del mismo cuento de siempre, olvidando que se comienza culpando de todos los males al inmigrante para terminar persiguiendo a quien no practica la sumisión al poder y la obediencia al líder. Por otro lado, los políticos y los gobiernos hacen poco, por no decir nada, para impulsar el reparto de la riqueza, la consolidación de los derechos tanto individuales como colectivos o por dignificar la propia representación política. Todos estos elementos favorecen la proliferación de la demagogia y la xenofobia.

Así, desde hace años se observa la cada vez más evidente tendencia europea de cobijarse en una especie de autarquía preventiva bajo el pretexto de proteger costumbres y preservar identidades, pero ignorando que una sociedad que se repite así misma, que unas tradiciones, lengua o cultura que no evolucionan, tienden a desaparecer por ensimismamiento. Y es ahí donde el corazón de piedra de los antiguos fascismos, travestidos con sus habituales ropajes, identitarios y demagógicos.

Desconozco cómo se combate este monstruo que amenaza con distintas denominaciones y camuflajes. Pero volviendo a León Gieco, que tuvo la osadía de cantar una canción de paz en tiempos de guerra,  solo una ciudadanía comprometida y en alerta, que haga suya la primera estrofa de la referida canción puede detener la amenaza creciente. Los ateos pueden cambiar a Dios por lo que consideren:

«Solo le pido a Dios

que el dolor no me sea indiferente,

que la reseca muerte no me encuentre

vacío y solo sin haber hecho lo suficiente».

 

Christian Sands junto a Yasushi Nakamura, Marcus Baylor y Jerome Jennings

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2 comentarios

  1. Verbarte dice:

    El tiempo vuela, la vida pasa, la Historia permanece.

    La riqueza es una sucesión de eslabones que el rico acumula y el pobre ansía. Ser un eslabón sitúa a los humanos en una realidad definida como cadena por herreros, capataces y terratenientes. El hambre, la pobreza, es el metal idóneo para fabricar y engarzar eslabones en una interminable y atemporal cadena de la que todo el mundo, a mayor pobreza mayor deseo, quiere formar parte.

    Como en el cuento del elefante encadenado (Bucay), la conciencia de la fuerza se diluye ante el poder de la tradición. Los dueños del circo lo saben y lo transmiten a sus herederos para que esas tradiciones que encadenan más allá del hierro y la débil estaca sigan cumpliendo la misión de crear estados de derrota transmitidos de generación en generación a todos y cada uno de los nuevos eslabones engarzados a la cadena.

    Cuando un elefante, consciente o inconscientemente, arranca la estaca o rompe la cadena, el domador y el cazador tienen listas sus armas para sacrificar al animal “enfermo” que ha osado desfiar las reglas establecidas.

    El jefe de pista entonces, megáfono en mano, con uniforme de charreteras y galones, desde el centro de la arena hábilmente iluminado por los focos, anuncia a la troupe y a los espectadores: ¡La función debe continuar!

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