Demasiadas palabras

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Demagogia y realidad

Quien determina qué es información, diseña la actualidad. Todo es filtrado, aderezado y, según intereses, publicado en lugar destacado, agazapado entre otras informaciones o simplemente silenciado. Los medios de comunicación son necesarios si comprendemos que todos ellos interpretan la realidad por algo y para algo. Por ello, cuando te digan que el mundo lo gobierna el talento y el esfuerzo, recuerda a Trump o Rajoy, entre otros tantos. El mundo, no te equivoques, lo gobierna el poder; un poder que, en ocasiones, se vale de peleles más o menos aparentes más o menos zafios.

Todo está bajo control. En España, la vinculación entre el poder económico y el político es evidente. Los medios de comunicación, que en ocasiones informan, sirven de distracción y entretenimiento. Como sabemos que los medios públicos están al servicio del partido gobernante en su ámbito territorial y que los privados, al depender de concesiones administrativas y de la publicidad institucional que se reparte con criterios clientelistas, también; nos corresponde a nosotros separar lo esencial de lo anecdótico, cribar los datos y hacer una lectura crítica de la información a la que accedemos.

En ocasiones convierten cualquier asunto en principal y eterno hasta el aburrimiento. Por el contrario, temas relevantes son tratados de forma superficial, como si interesaran solo por unos instantes, como si no merecieran nuestra atención. A modo de ejemplo, solo la mediocridad y la estupidez pueden transformar en asunto destacado algo tan irrelevante como lo de portavoza.

Y mientras lo de portavoza es utilizado por algunos como el calamar usa su tinta, la brecha salarial de género no es cosa del gobierno: «No nos metamos en eso», dijo M. Rajoy. Y para superarse: «Ahora que las cosas empiezan a ir bien», dijo días más tarde, es el momento de «ahorrar para poder pagarse las pensiones o la educación de los hijos». Señor presidente, las cosas no empiezan a ir bien cuando el 90% de los contratos de trabajo firmados son temporales y cuando el sueldo no alcanza a cubrir las necesidades más básicas; las cosas no van bien cuando aumenta la desigualdad, se recortan las libertades o cuando los pensionistas tienen cada vez menor poder adquisitivo. Por mucho que usted y su coro paniaguado lo repita, las cosas no empiezan a ir bien.

Cuando Rajoy, ignorando los sueldos de miseria y sobredosis de precariedad, pide a los ciudadanos que ahorren, no se produce una reacción tan visceral como con el desbarre de la portavoz Montero. Tampoco se dedican soflamas tan vehementes al tema de la pobreza infantil, por ejemplo. Por cierto, la prensa habla poco de los menores más vulnerables, salvo cuando son objeto de agresiones denigrantes. Entonces sí, porque si hay morbo suben las audiencias. Las cosas no empiezan a ir bien, señor Rajoy cuando España es el tercer país de la UE donde más ha crecido el riego de pobreza y un 30% de los niños españoles pertenecen a familias que no pueden afrontar los gastos de agua, electricidad o vivienda.

Y como el pobre intenta que su pobreza pase inadvertida —las penurias económicas se sufren en silencio— y el gobierno se hace el sueco por incompetencia —el aumento de la pobreza es la consecuencia lógica de su política económica—; como los principales medios no reflejan la realidad y la sociedad no quiere ver la situación porque el aumento de la pobreza y desigualdad supone un fracaso colectivo. Entonces, resulta que pasa desapercibida, como si no existiera. ¡Con tantas personas en riesgo de pobreza cómo puede M. Rajoy decir que «ahora que las cosas empiezan a ir bien»! ¡Cómo podemos aceptarlo sin escándalo y como si fuera cierto! ¿Las cosas empiezan a ir bien? ¿Para quién, señor Rajoy?

Escucho a Alan Benzie, Andrew Robb y Marton Juhasz:


4 comentarios

  1. David dice:

    Estoy de acuerdo con su reflexión: “Nos corresponde a nosotros separar lo esencial de lo anecdótico, cribar los datos y hacer una lectura crítica de la información a la que accedemos”. Aunque para esa lectura crítica se precisa no dejarse seducir por clichés ideológicos y de adoctrinamiento, doble moral, hipocresía y de “mirar para otro lado”. Y, si no es mucho pedir, también un poco de cultura (cuanta más mejor), y no meternos en esos charcos del estilo de las “portavozas”, etc, donde por otra parte nos encanta embadurnarnos porque, si no, no serían a los 10 minutos tendencia en twitter. Un saludo. Interesante artículo.

    • JCRomero dice:

      Totalmente de acuerdo. Sin cultura no es posible despegarse de la doctrina que propaga “nuestro periódico” o “nuestro partido”.
      Nuestra visión de la actualidad se construye sobre la confianza en determinados referentes, sería imposible de otro modo pero, esto no quiere decir que tengamos que delegar nuestra capacidad de análisis ni asumir toda la información que nos proporcionen. Esta confianza, por otr parte necesaria, debe estar sometida a un filtro cargado de escepticismo. Una confianza ciega facilitaría la propagación de rumores y visiones distorsionadas de la realidad.
      Gracias por pasarte por aquí, leer y comentar. Saludos

  2. grojol dice:

    Las cosas van bien para los que les tiene que ir bien en una Timocracia como la que nos gobierna con el consentimiento de todos los partidos, pero no para los que les tendría que ir bien en una Democracia. Hay mucho que hacer, pero… los partidos estan más por las palabras que por los hechos, y mientras tanto… continuamos pagando entre todos -ahora son las autopistas- cuando toca pagar y continúan ganado unos pocos cuando toca ganar: TIMOCRACIA.

    • JCRomero dice:

      Ernesto Cardenal escribió unos versos muy certeros:
      “Bienaventurado el hombre que no sigue las consignas del Partido /
      ni asiste a sus mítines (…) / Bienaventurado el hombre que no lee los anuncios comerciales /
      ni escucha sus radios / ni cree en sus slogans / Será como un árbol plantado junto a una fuente.”

      Gracias por leer y comentar.

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