Demasiadas palabras

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La obra o la vida

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Por solidaridad con los acosados, por temor a la taquilla o por criterio moral, el director Ridley Scott y la productora Sony Pictures borrarán todas las escenas grabadas con Kevin Spacey para la película All the money in the world. A raíz de esta noticia surge una pregunta, tal vez estúpida, para la que no tengo respuesta: ¿qué hubiera pasado si alguien hubiera decidido borrar las obras de artistas plásticos o literatos implicados en casos parecidos?

Durante un tiempo la violencia sexual era ignorada; peor aún, era considerada como algo normal en una sociedad en la que el hombre actuaba como el macho dominante de la manada y el rebaño. Aunque dicen que los tiempos estén cambiando, hay quienes callan por temor al estigma social, por miedo a perder el trabajo o por sentir indefensión ante una justicia que, en ocasiones, se muestra misógina. En juicio sobre un caso de violación, la señora juez preguntó a la víctima: «¿Cerró bien las piernas?». No es un caso aislado. Cuando una mujer denuncia acoso machista, se convierte en sospechosa; se le interroga sobre cómo vestía, si opuso resistencia o si llora lo suficiente. Cuando estos episodios son publicados, se constata la dificultad para avanzar en una sociedad para el respeto y la igualdad. Por ello, dejando por sentado que todo acoso, sea escolar, laboral o sexual, es denigrante y esperando que a cada cerdo le debe llegar su sanmartín, cuando valoramos una obra de arte ¿consideramos la calidad humana del autor o su valor literario, pictórico o cinematográfico?

A raíz de los últimos escándalos conocidos, cabe preguntarse si la valoración cinematográfica de una película cambia al saber que su director o alguno de sus actores es un acosador, pederasta o violador. ¿Se puede leer un libro o mirar un cuadro sabiendo que su autor es, pongamos por caso, un asesino? ¿Se puede escuchar una canción conociendo que su autor o intérprete es un delincuente? ¿Qué reacciones nos asaltan al mirar el cuadro sabiendo que fue pintado por un degenerado? ¿Valoramos la obra pictórica, literaria o musical por lo que es o por los actos que haya cometido su autor?

¿Qué hubiera pasado si a lo largo del tiempo se hubiese actuado como han hecho la productora Sony Pictures o Netflix con el actor Kevin Spacey? Sabemos que la historia de la creación artística está salpicada por lumbreras que tuvieron una vida complicada o que eran unos impresentables. Hay ejemplos para todos los gustos, desde Caravaggio, el pintor de santos y mártires que fue responsable de al menos un asesinato, a Rimbaud, traficante de armas y dicen que de esclavos. Sin llegar a estos extremos, sabemos que Miguel Ángel era un genio no tan divino y Quevedo un mal bicho, pero genial. Y, entre unos casos y otros, existe en la red numerosas referencias, más o menos rigurosas, a grandes figuras señaladas como pederastas o a grandes pensadores calificados como misóginos. En todo caso, y volviendo al tema, ¿de un creador nos importa su biografía como individuo o su obra?

A efectos artísticos lo pertinente es considerar si la obra tiene calidad, si nos conmueve; si un cuadro, una canción o un poema nos emociona. ¿Podemos despreciar a la persona y, a la vez, admirar su obra? Intuyo que hay momentos en los que resulta complicado deslindar obra y biografía cuando sabemos de una conducta personal despreciable y delictiva.

Escuchando a Hilary Gardner y Ahu Asherie

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