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Mi patria, mi bandera

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Vivimos agarrados a principios heredados, verdades absolutas y símbolos que, con frecuencia, se convierten en elementos para el sectarismo y la polarización. Maduramos cuando rompemos amarras, cuando dudamos de todo; cuando cuestionamos los preceptos doctrinales y desmenuzamos el relato de los propagandistas. La democracia a palos o sin garantías, no es democracia; la legalidad a mamporro produce tristeza y crea mártires.

Quienes se acercan de vez en cuando por este blog saben que, en ocasiones, he defendido el derecho que tienen los pueblos a decidir su futuro. Conocen también, que soy contrario a las opciones nacionalistas y que en las banderas observo un peligro porque se enarbolan para el enfrentamiento. Dicho esto, el que los ciudadanos de Cataluña opten por formar un Estado independiente del español, no me quita el sueño. Es más, defiendo que voten por esta opción si consideran que les irá mejor; si piensan que sus derechos sociales, culturales y laborales saldrán reforzados con ello. En todo caso, entiendo que con una hipotética independencia, todos saldríamos perjudicados.

El nacionalismo afecta a la identidad de las personas; cualquier tipo de nacionalismo, más que una cuestión política es psicológica. El nacionalismo obedece a una personalidad colectiva fundamentada en el sentimiento de pertenencia a un grupo. Este sentimiento, que experimentamos todos en mayor o menor medida, se justifica por una cultura y lengua común y por el deseo de reforzar una identidad como pueblo o nación. En las sociedades primitivas la pertenencia al grupo era esencial; quien no pertenecía al grupo no se le aceptaba; era un  extraño, tal vez un enemigo. Esta reacción ancestral ante el otro puede ser el origen remoto de la xenofobia.

Desde la distancia geográfica y cierta desconexión mediática, observo que en Catalunya se está avivando un sentimiento colectivo que gana adeptos gracias a la torpeza represiva del Gobierno, al cálculo electoral del PP y al discurso amenazante del monarca en su último mensaje público: tendrán que atenerse a las consecuencias quienes no respeten lo establecido, podría ser el resumen del mismo.

No me gusta la exhibición de banderas ni la ostentación de símbolos. No tengo sentimiento patriótico. Dicen que el patriota es el que ama a su país, el que se siente orgulloso de él. No es el caso. Estaría orgulloso de este país si fuera un espacio en el que convivieran en igualdad todas las diferencias y si estuviera empeñado en hacer independientes, solidarios y libres a  sus ciudadanos. En estos días de tantas banderas, no conozco ninguna mejor que  la defensa de los derechos humanos y la lucha contra la desigualdad.

Es lunes, escucho a  Anat Cohen con  Dudu Maia, Douglas Lora y Alexandre Lora

Algunos post interesantes: ¡¡A por ellos, oé!, El rey sí tiene quien le escriba, La frustración, Furores cruzadosVentajas del patriotismo, Banderas y orcos¿Patria?, Berlanguiano: el humor como antídoto, Es el capitalismos, estúpidos, Comer el coco, ¿Nacionalismo o patriotismo? Una gran confusión teórica

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