Demasiadas palabras

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Landero en el balcón

«Mi padre hubiera querido ser un padre cariñoso y comunicativo, pero no sabía cómo…». Esta frase me persigue como un eco interminable a lo largo de la lectura de El balcón en invierno. Probablemente no sea el hilo conductor de la obra, pero el propio autor reconoce que la muerte de su padre supuso un episodio central en su vida. En todo caso, como hijo y como padre, la frase me acompaña mientras leo el rastreo que Landero hace entre sus recuerdos para ofrecernos retazos de su biografía: la familia, el pueblo, la adaptación a la ciudad, el placer de escuchar y aprender de los «raros saberes» de sus mayores o el gusto por la recreación fantasiosa de la realidad.

La novela comienza con un Landero abatido cuando lee lo que escribe y el texto le provoca náuseas. Ante la insatisfacción, abandona la escritura para asomarse al balcón, aparca la ficción para asomarse al mundo real. Y en el balcón, «ese espacio intermedio entre la calle y el hogar, la escritura y la vida, lo público y lo privado», nos ofrece fragmentos de su vida en un viaje al pasado para recuperar historias familiares, como la de su abuela Frasca, que siendo analfabeta, «dominaba como nadie el arte de contar» o las iniciativas de su primo Paco «el escultor, el pintor, el inventor, el guitarrista, el torero, el zahorí, el cazador y el pescador, el electricista, el mecánico, el que todo lo sabía y todo lo podía, el versado en los misterios, el que no se cansaba nunca de soñar y vivir». Desde ese balcón observa también el presente, con el duro afán de la adaptación a la gran ciudad de una familia procedente del mundo rural y rescata el desasosiego que le produjo al abandonar personas y lugares queridos con la perspectiva de encontrar, por empeño de su padre, un espacio más confortable y de progreso.

Y resulta que desde el balcón, contempla cómo se difumina el mundo real de su infancia en un viaje nostálgico a sus primeros años en el pueblo y las dificultades e intimidación ante los modos urbanos. En ese viaje, no lineal en el tiempo, recupera personas, costumbres y palabras olvidadas. Rescata ruidos que le marcaron; el de la tricotosa manual del hogar familiar convertido en taller, el de los botines de piel de becerro de su padre o el triste ruido de la garrota que éste usaba. Recuerda olores de un barrio que olía «a gaseosa, a cerveza y a vino a granel, a boquerones en vinagre, a gente abrigada y acatarrada, a carbonerías y a vaquerías, a zaguanes y a orines de gato, a pobres hervores de cocina…». Recrea personajes como el profesor de literatura que cambió sus lecturas habituales o Ángel, que «hablaba muy poco y pensaba mucho» y que era muy diferente del maestro Agujero que  «trabajaba poco y muy despacio y tardaba muchísimo en hacer los encargos, pues casi todo el tiempo se le iba en hablar, en beber vino y en jugar con sus pájaros amaestrados». Y siempre la omnipresencia de un padre que quería ser cariñoso pero no sabía cómo.

«Cuando murió mi padre algo cambió de un modo brutal en mí, y de pronto cargué con una culpa que, de algún modo sigo cargando, pues yo sé que mi padre se vino a Madrid por mí y sé que le decepcioné». Un padre que sabía mandar y disponer pero al que no le gustaba trabajar. Un padre que leía el periódico al fondo del zaguán, junto al portalón abierto de par en par para estar «atento a las noticias del mundo y a las de la calle».  Un padre que inspiraba miedo y cuya presencia en la casa era «oprimente, siempre entregado a lúgubres e interminables silencios, a sombrías cavilaciones, sentado en una silla y echado hacia adelante con el codo en la rodilla y el puño en el rostro, suspirando y gruñendo, fumando amargamente, como un titán de la tristeza, llenando la casa de vagas amenazas, de reproches, de culpas, de angustias…». Y sin embargo, aquel hijo que fue mal estudiante y que desdeñaba convertirse en un hombre de provecho terminó por comprenderlo y «saldar la deuda de todo el cariño y gratitud que le debía» a un padre que «hubiera querido ser cariñoso y comunicativo, pero no sabía cómo».

Escucho a: Michael Dease, Robin Connell, Ed Fedewa y Eddie Eicher.

http://wp.me/p38xYa-2jv

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