Cultura·Opinión

Dino Valls, mirada interior

Dicen que el desconocimiento facilita la observación personal, limpia y libre de influencias. No pretendo escribir sobre las beneficios de la ignorancia o sobre el atropello. por saturación, de tanta información sesgada, fragmentada o manipulada. Se trata de algo más simple.  Desde hace unos días, me encuentro atrapado en la pintura de un artista del que no sabía nada y al que llegué por casualidad, al reproducir el vídeo que se muestra al final de esta entrada. En realidad, del autor como del arte en general, lo ignoro todo. Si acaso, rebuscando en la memoria, encuentro algunos recuerdos de cuando el bachillerato, poco más. Será por ello que muchas cosas etiquetadas como arte las considero materiales para el pavoneo, la especulación o para el negocio de marchantes, galeristas y coleccionistas.

De aquellas lecciones recuerdo la conveniencia de situar cada obra en el entorno histórico, social, cultural y político en el que su autor desarrolla la actividad artística. La obligación de identificar la obra con algún movimiento o estilo y observar aspectos como la perspectiva, la disposición de las figuras de un cuadro, el color o a luz. Pero resulta que todo se trastoca cuando el artista juega con el tiempo y ofrece figuras actuales enmarcadas en otras épocas mezclando coexistencias anacrónicas en figuras, ropajes y objetos. En ocasiones nos ofrece una escenografía medieval, en otras una vuelta al clasicismo y, de vez en cuando, elementos surrealistas. No faltan referencias a la mitología, reproducciones de instrumental médico, mil detalles que se escapan a simple vista; una figuración profana que por momentos parece religiosa, casi mística. Y siempre, el ser humano como temática; el hombre, la mujer, con sus temores y angustias.

En los cuadros de Dino Valls hay mucha belleza y desconcierto. Se trata de una pintura con mucha piel desnuda y ambigüedad en la edad, en el tiempo histórico, en el género. El cuerpo humano es digno siempre; en ocasiones, bello. Valls lo abre, lo fragmenta, lo desdobla. Sólo un idiota puede quedarse en la desnudez de las figuras, sólo un pervertido puede ver algo sucio en ella cuando se nos sugiere un viaje más allá de la piel, un recorrido a las entrañas, una invitación a indagar sobre lo que se oculta debajo de lo que vemos. Y, aunque en ocasiones nos ofrece una lección de anatomía, siempre subyace la inquietud, la beligerante búsqueda de respuestas, la zozobra.

Pero más que los cuerpos, los ojos. Ojos de silencios profundos, que parecen esconder frustraciones, que parecen indagar sobre asuntos recónditos; ojos que siempre miran con intensidad y cierta angustia. En ocasiones son ojos llorosos, nunca alegres, siempre enigmáticos. Y más  que los ojos, son las miradas. Unas miradas introspectivas, que miran desde lo más profundo, personal e íntimo para interpelar a quien observa. Hay mucha quietud en las figuras y mucho movimiento en unas miradas cargadas de desasosiego, de introspección; miradas que miran directamente a los ojos, que parecen preguntar buscando respuestas o el sentido de la vida. Miradas que inducen a imaginar escenarios de una confusión vital que subyace sobre peripecias enigmáticas.

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