Demasiadas palabras

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Un Quevedo muy actual

«Hijo, esto de ser ladrón no es arte mecánica, sino liberal». Así hablaba al Buscón su padre, el barbero, en el primer capítulo de La Historia de la vida del Buscón, llamado Don Pablos, ejemplo de vagamundos y espejo de tacaños. Y, como si la novela hubiera sido escrita en estos días de desvergüenza y apaños urdidos entre el gobierno de Rajoy, el fiscal general del Estado y el fiscal anticorrupción, se pregunta y responde: «¿Por qué piensas que los alguaciles y jueces nos aborrecen tanto? […] Porque no querrían que adonde están hubiese otros ladrones sino ellos y sus ministros».

Se desconoce si la pléyade de acusados del PP que se encaminan a hacia los tribunales, los que ya duermen en el trullo o los que aciertan en sus predicciones sobre nombramientos ad hoc de altos cargos de la judicatura política, han leído alguna vez a Quevedo, el gran escritor satírico. Cabe sospechar que algún despistado confunda a D. Francisco con Pedro Quevedo, diputado al que están dispuestos a premiar de cualquier manera para que les preste el voto que necesitan y así seguir ajustando sus cuentas y esquilmando nuestros derechos.

En la actualidad, y en una sociedad tan distinta a la recreada por el genial escritor madrileño, se mantiene vigente el cinismo moral de los pícaros y la proliferación de vileza, que lejos de remitir aumenta cada día, pareciendo que el ejercicio de bribón se ha institucionalizado. Así, el oficio de usurero es ejercido por la banca, las grandes y todopoderosas multinacionales atesoran beneficios esclavizando a sus ejércitos de trabajadores precarizados y la sempiterna legión de politicastros, pasan de la rapiña indecorosa de cuello blanco a la delincuencia de manos negras.

Volviendo a la novela y sin pretender más analogías con estos tiempos. Cuando don Pablos se desplazaba de Alcalá a Segovia topó con un tipo algo lunático y con soluciones infalibles para resolver todos los problemas y emprender todas las conquistas. El Buscón, ante aquel personaje, piensa que esos planes son, de entrada, irrealizables. Entonces, aquel hombre perturbado, insiste en su idea y sentencia: «¿Quién le dice a vuestra merced que no se puede hacer? Hacerse puede, que sea imposible es otra cosa».

Separar lo posible de lo imposible es fundamental. Dinamitar la verdad que nos imponen es una necesidad, un acto de honestidad social; hacerlo desde el poder de la razón y la fuerza de la democracia, la única alternativa.  ¿Seguro que no se puede cambiar el signo de las cosas? ¿Tenemos que aceptar los dictados del poder sin oponer resistencia? Si así fuera, hagamos proselitismo de lo imposible porque de lo posible, como cantó alguien, ya sabemos demasiado.

Podríamos empezar, por ejemplo, por aprender a decir no. Un no rotundo a quienes dirigen la economía, la política, la cultura oficial; a todos esos que desde sus torres ebúrneas nos animan a ser ciudadanos ejemplares y civilizados mientras ellos, con sus poderosos medios, tratan de maquillar la realidad. Decirles que no; por la apropiación que están haciendo de los dineros públicos, de la justicia y de la propia democracia.  Decirles que no, que ya está bien de aceptar sus manejos, abusos y leyes antisociales. También tendríamos que decir no a la frustración y al derrotismo. No se trata de convertirnos en héroes. Se trata simplemente de observar, interpretar y razonar; tres acciones que no nos inmuniza del error, pero que igual ayudan a resquebrajar la coraza del poder. Habría una cuarta opción: actuar, pero…

Hay quien niega que la picaresca esté institucionalizada en España. Puede ser, pero el lodo sube de nivel, los pícaros se han convertido en auténticos ladrones, el hedor a corrupción resulta insoportable y la democracia se hunde en la ciénaga de un panorama actual, tan parecido al denunciado por Quevedo hace 600 años, que bien podemos preguntarnos si, como sociedad, tenemos arreglo.

Escucho a Terell Stafford, Tim Warfield, Martin Wind, Matt Wilson, Mulgrew Miller:

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