Demasiadas palabras

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La abstención

La abstención electoral no computa. Se tiene en cuenta en los referéndums, cuando los resultados están supeditados a determinados niveles de participación. En el resto de consultas electores, ni caso; que un gobierno salga elegido con una abstención mínima o enorme no le merma competencias ni legitimación. Votar mucho o poco, que los electores vivan ajenos a los procesos electorales, es un asunto que solo interesa a quienes participan en tertulias, escriben sobre política y, en algún caso, a quienes reflexionan sobre los supuestos riesgos que una baja participación electoral acarrearía al sistema democrático. Por lo demás, la abstención no cuenta.

Se publican discursos, artículos. editoriales y primeras páginas argumentando hastío, advirtiendo de una gran abstención en caso de nuevas elecciones. La abstención electoral ahora se presenta como amenaza, ante la que no queda otra opción que investir al actual presidente en funciones. Y sin embargo, en una sociedad democrática, la abstención de los electores es una opción tan acertada o errónea como el voto para cualquier candidatura. ¿Acaso no está justificado el negarse a ser representado cuando no se comparten ideas o estrategias políticas, cuando no hay candidatura que te ilusione ni ofrezca garantía? En todo caso, quienes dicen que la abstención es nociva para la democracia, ¿hacen algo para evitarla?

Muchos politólogos consideran la alta participación como un indicador de calidad democrática y la baja como reflejo del cansancio y desprecio de los electores hacia los candidatos que aspiran a representarles. La abstención electoral es una opción tan democrática como la participación. Cuando el desafecto se extiende, cuando el elector está hasta las narices de tanta negligencia, fraude, corrupción y mentira; entonces, ante la sospecha de que su voto pueda ser utilizado como salvoconducto para validar todo lo que desprecia, ese elector decide no votar. Dos apuntes y dos conclusiones: Primero, ¿es más democrática y libre una sociedad en la que vota el 99 % de su electorado? Segundo, cuando todas las candidaturas están condicionadas por equilibrios y juegos de poder en el seno de cada partido, lo que hacemos al votar es dar por buenas esas luchas internas aunque hayan dejado fuera de la candidaturas a los mejores en favor de los más fieles. Las conclusiones: podemos votar, es cierto, pero ¿podemos elegir? Votar es un derecho, no votar también.

¿Preocupa a los partidos políticos la abstención de los electores? Sobre todo les interesa quedar por delante del resto de contendientes. Si lo consiguen con una alta o baja participación, es algo secundario. Si realmente les preocupara, estarían buscando la complicidad del elector en cada acto y en cada decisión; prefieren la adhesión. Si estuvieran convencidos de la necesidad de una alta participación, estarían buscando fórmulas para favorecerla. Actualmente la abstención no sirve para nada pero, ¿qué ocurriría si la representación de los partidos en las instituciones estuviera condicionada realmente por la participación?

¿Sería descabellado proponer que el número de parlamentarios o concejales fuera proporcional a la participación en cada convocatoria electoral? Si en una circunscripción, en la que hubiera que elegir a 12 representantes y votara la mitad de los electores, ¿no sería lógico que se cubrieran 6 de los 12 puestos? De esta manera, el Congreso de los Diputados, los parlamentos autonómicos y las corporaciones locales tendrían una representación real de la voluntad de los ciudadanos y los escaños o sillones no ocupados serían una llamada de atención permanente, una advertencia democrática de lo que sucede cuando los representantes dan la espalda a sus representados. Esos sillones vacíos, ¿no serían un acicate para hacer las cosas bien?

Es lunes, escucho a Ryan Quigley:

Algunos post interesantes: La encrucijada socialista Perros y mordazas ¿Para qué sirve la abstención? En este país El gran procrastinador y su serendipia

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7 comentarios

  1. marujamoyano dice:

    La abstención significa casi siempre, la no identificación del elector con el proceso en sí o con las candidaturas que pretender representarles en las Instituciones. Realmente, si ese dato fuese determinante de alguna manera en el reparto general de escaños y lo digo en el sentido de penalizar por igual a los partidos y no solo a unos en favor de otros, los políticos se preocuparían mucho más de estar a la altura de los problemas de la ciudadanía. Cómo eso no ocurre porque los grandes partidos se ven favorecidos, los índices de abstención les seguirán importante un pepino, aunque vote el 20% del censo.

  2. La tesis es discutible. La abstención si computa, en la medida en que favorece un reparto de escaño diferente al que se obtendría con mayor participación. La no adjudicación de escaños no creo que sea mejor ni peor que el reparto completo, en la medida en que influencias externas pueden apoyarla para evitar la formación de determinados gobiernos, dado que las instituciones no podrían funcionar en determinados ámbitos con representaciones muy escasas, lo que favorecería que otros impusieran las normas.
    Por otro lado, es evidente que una mayor participación electoral habla de mayor implicación social allí donde votar no es obligatorio o no se incita mediante la coacción. Indica que se está pendiente de la situación política y que se opta por una opción u otra.
    La preocupación por la dinámica interna de las organizaciones me parece exagerada. Toda organización humana tiene una dinámica propia movida por intereses particulares o generados por la propia dinámica colectiva, pero incorporados al acervo personal, y en política responde a disparidad de criterios sobre qué hacer, que se deben resolver internamente o externamente mediante una decisión que marque una línea de trabajo.
    La abstención como derecho no cabe duda, pero pertenezco a una generación que reconquistó la democracia y considero que no votar no es una opción. Es preferible pringarse en alguna decisión que vaya avanzando en la línea de lo que mi pensamiento y mi reflexión me dicen que es lo mejor para el colectivo humano en el sitio donde vivo y renunciar a esa acción es favorecer el desgobierno y, por tanto, la pérdida de fuerza de lo público y de la ley y dar la oportunidad a fuerzas interesadas para ocupar ese espacio en interés propio.
    Es verdad que lo he deseado en más de una ocasión y nos acercamos a una situación en que puede que considere que es la mejor opción, pero si lo hago, tendré la sensación de haber traicionado mis principios, lo que me obligará a revisarlos para alcanzar otras perspectivas..

    • JCRomero dice:

      Claro que la tesis es discutible. Quien la escribe es alguien que desde que puede votar lo hizo siempre y con esta entrada no pretende hacer un elogio de la abstención, sino todo lo contrario. Se trata de una apelación a la responsabilidad de los partidos políticos y de “nuestros representantes” para que antepongan siempre los intereses de los colectivos a los que representan y defensores de los programas y promesas electorales realizadas. Prácticamente todos los argumentos que señalas en favor de la participación los comparto y aunque pudiera puntualizar alguna cosa, el propósito del post no es otro que alertar sobre el mal uso que de la representación hacen quienes deben representarnos. Discrepo en una cosa: el derecho a votar no implica el deber de ejercer ese derecho y tan democrático es votar como dejar de hacerlo.

      Claro que “una mayor participación electoral habla de mayor implicación social allí donde votar no es obligatorio”, lo que se plantea son los motivos por los que votar no resulta, en determinadas circunstancias, sugerente o estimulante; por qué no se fomenta esa mayor implicación social y por qué, con demasiada frecuencia, tenemos la sensación de ser utilizados, para propósitos que no se publicitan en los programas y campañas electorales. Entiendo que como apuntas, la abstención suele producirse con mayor fuerza en unos determinados ámbitos ideológicos. Precisamente quienes buscan esos votos deben ser los primeros en actuar de forma que esos votos se hagan efectivos.

      Dejar unos escaños vacíos que sean una llamada de atención, una alerta constante, a quienes ocupan el resto de escaños. En modo alguno dejar 30 o 40 escaños sin ocupar no mermaría la capacidad legislativa del Congreso. El nuestro tiene 350 diputados, pero un día se puede decidir que ese número aumente o disminuya y ello no implicaría una mejora de la representación o un déficit de la misma. La idea expuesta, la entiendo como un acicate para trabajar en el sentido de hacer posible que en los siguientes comicios, esos sillones vacíos, merezcan ser ocupados.

      Por último, cuando afirmas que parece exagerada la preocupación por la dinámica interna de los partidos, puedes que tengas razón. Durante años milité en un partido, el PSOE, y escribo condicionado por la experiencia vivida. Saludos.

  3. […] Origen: La abstención […]

  4. Rodri dice:

    Comparto plenamente tu reflexión. La abstención no se tiene en cuenta salvo para amenazar a los electores de que se quedan en casa estarán beneficiando al partido del que a lo mejor no es votante. Estaría bien lo que propones. Yo añadiría que con 70 por ciento o menos de participación en unas elecciones, invalidaría las mismas y obligaría a los candidatos a marcharse a su casa. Un saludo Juan Carlos

    • Juan dice:

      Más que invalidar apostaría, como se apunta en el post, por dejar escaños vacíos en proporción directa a la abstención de los electores. Esos escaños sin ocupar serían la vergüenza permanente, pero también el estímulo para corregir errores.
      Rodri, gracias por leer y comentar. Saludos.

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