Demasiadas palabras

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Una buena oportunidad

La democracia se fundamenta en la persuasión. Además de los derechos y libertades, una característica esencial de la democracia debiera ser la capacidad de convencer y persuadir. Para ello sería necesario: políticos inteligentes, ciudadanos dispuestos a escuchar y razonar y medios de comunicación más plurales, menos serviles. El problema surge cuando los medios vomitan consignas, cuando la persuasión es sustituida por la demagogia y cuando el electorado renuncia a cualquier capacidad analítica para actuar como fanáticos adscritos a una facción cualquiera a la que siempre le dará la razón y, en cualquier caso, su voto.

Intuyendo un cierto miedo sociológico, hay quien fomenta el voto a toque de corneta. Estrategia no exclusiva de la derecha aunque en esta resulte más evidente al disponer de los grandes medios de comunicación. Este voto, que es el verdadero voto cautivo, supone una tara y se produce por la falta de usos democráticos. Quien escribe intuye que sólo la implicación de los ciudadanos puede transformar esta realidad y sospecha que esta no llegará mediante la aparición de un líder carismático ni por un ataque de sensatez en el electorado. El nuevo tiempo aparecerá cuando el elector, antes de votar, dedique un tiempo a responderse a una pregunta tan simple como en qué país quiere vivir.

La derecha en el poder se limita a esperar. Se parapeta en el burladero que la prensa le facilita y se mantiene inmóvil, viéndolas venir, sin hacer nada. Considera que el poder le pertenece y cuando los electores no le otorgan la representación suficiente y necesaria, apela su particular patriotismo o a un supuesto interés nacional para que los otros le cedan la confianza que no le han dado las urnas. Mientras tanto, la izquierda, como ya es tradición, dedica más tiempo a la autodestrucción que a su reconstrucción. Después de las elecciones del 26-J, se observan dos grupos que podrían complementarse pero, todo parece indicar que harán lo contrario; no ven más allá de sus propios intereses.

¿En qué país quiero vivir? Observando el panorama, no pido mucho. Me gustaría vivir en un país honrado, dirigido por políticos decentes; un país tolerante, de electores con dos dedos de frente y electos responsables; un país en el que representantes y representados sepan calibrar sus responsabilidades. Lo demás debe venir por añadidura. Como no soy muy optimista al respecto, antes que naufragar en el mar del desencanto, observaría en el actual rompecabezas postelectoral una oportunidad. Dada la pluralidad de voces en el Congreso de los Diputados, ¿no sería el momento idóneo para trabajar, por ejemplo, en una reforma de la Constitución? ¿Cuándo mejor que ahora para definir el modelo territorial, acordar una reforma educativa o aprobar una nueva reforma laboral? Reconozco la complejidad del asunto pero, ¿será mejor abordar éstas y otras reformas, cuando vuelvan las mayorías absolutas?

Es lunes, escucho a Peter Edwards Trio:


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5 comentarios

  1. Tus palabras me parecen sabias, acertadas y aceradas en este país incomprensible a veces, pero en el que de momento queremos vivir, con los elementos de dignidad a los que aludes. No lo comprendí en 1982, cuando el principal partido de la resistencia antifascista no fue el elegido para gobernar, no lo comprendí en 1996 cuando la izquierda se alió con la derecha para derrocar a la izquierda, no lo comprendí en 2000 cuando la unidad de la izquierda llevó a la mayoría absoluta de la derecha reaccionaria, no lo comprendí en 2003 cuando en Madrid el robado fue castigado a favor del ladrón, no lo comprendí en 2004 cuando la derecha reaccionaria no fue castigada a las catacumbas de la historia, no lo comprendí en 2011 cuando la resistencia popular castigó el progresismo y facilitó, de nuevo, el regreso dela reacción y me cuesta comprenderlo ahora cuando la izquierda ha tenido la ocasión de trabajar el programa reformista que planteas en mejores condiciones en diciembre que ahora y no aprovechó la oportunidad. Ahora, reforzada la reacción y consolidados el sectarismo y la abstención entre la izquierda, tu plan queda lejos, muy lejos, instalados unos como bien dices en el “siempre hemos estado ahí para dirigiros”, otros en el “yo soy la oposición, así se caiga el mundo” y otros en el “quiero, pero no puedo, no sea que me la pegue”. Inacción que apunta a nuevas elecciones, más abstención de izquierda y y más voto reaccionario, situación de la que, me temo, tardaremos en recuperarnos.

  2. mamenblanco dice:

    Reblogueó esto en solo reblogueo.

  3. El Arca de Dionisos dice:

    Coincido contigo en casi todo lo que expones, pero considero que el principio fundamental de la democracia es el respeto y aceptación de las ideas y opiniones de los demas. La persuasión, como dices, es fundamental en el debate político de cuyos resultados deberían salir las líneas de actuación política. En cuanto a lo demás, es obvio que la honradez, la inteligencia y el voto responsable, son imprescindibles. Los fanatismos, de cualquier signo, solo conducen a situaciones sin salida.

    • Juan dice:

      Evidentemente, el respeto a las ideas contrarias o el espíritu crítico son elementos básicos en todo democracia. Pero cuando aludo a la persuasión, hago referencia a tarea de convencer para contraponerla a la coacción.,más o menos explícita que nos suministra el poder económico, político y mediático: o se hace lo que ellos desean o esto se va al garete. Nos inoculan el miedo y nosotros a votar y callar.
      Gracias por comentar.

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