Demasiadas palabras

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Subrayando a Max Aub

Toda literatura que recrea la realidad contiene un discurso ideológico más o menos explícito que cuestiona, desajusta o consolida los esquemas retóricos o las mentiras establecidas y reivindica nuestro papel como ciudadanos. Como el actual es un tiempo de xenofobia creciente, con una Europa donde proliferan los arquitectos de fronteras y con una ciudadanía indiferente al drama de los refugiados, por ejemplo, sería de agradecer la presencia de intelectuales comprometidos. Pero, ¿quiénes son, dónde están? ¿Estamos dispuestos a escucharles?

Tengo entre manos un libro de un escritor de ironía inteligente y suficiente capacidad para desmontar el pensamiento conservador y, desde su militancia socialista, desairar los tópicos de la izquierda. Se trata de un humanista en el sentido renacentista del término y de una novela que probablemente nunca figure entre las mejores, pero su lectura resulta amena e ilustrativa del momento histórico en el que se desarrolla.

Releo frases y fragmentos, subrayados de la primera lectura —el subrayado condiciona el regreso sobre el mismo ejemplar pero revela bastante de quien traza las líneas—. Por momentos, parece una novela actual: «Como en toda dictadura que se precie de serlo en nuestro tiempo, los obreros parecen satisfechos»; «por lo visto para los socialistas, las apariencias son muy importantes»; «Barcelona es aparte, no es España». Son frases que parecen extraídas de una crónica publicada en cualquier periódico de estos días. Algo parecido sucede con estas: «Les molestaba lo catalán, su deseo de independencia —en todos los sentidos—; no por las diferencias sino por la identidad»; «La enfermedad más generalizada: el escepticismo; los monárquicos no creen en la Monarquía, los republicanos no creen en la República, los católicos no creen en la Iglesia». No menos vigente la visión de esta España que algunos desean más cohesionada y otros federal o plurinacional: «El sistema centralista borbónico, que nadie ha sabido remediar en centurias, lleva a este bonito resultado». Naturalmente que el ambiente, las profesiones y estudios, la descripciones de la calle y sus edificios pertenecen a otra época, pero cuando escribe: «es fachendoso, engreído y buena persona. Lo malo: que dirige los destinos del país», es imposible no pensar en el Presidente actual, aunque lo de buena persona suponga un exceso para quienes sufrimos su política.

Una revolución, ni se hace ni se impide: es, surge, está ahí, de pronto. Tiene sus razones —nadie lo puede dudar—, pero de ahí a organizarlas va mucho camino. Otra cosa es el cuartelamiento, el pronunciamiento. Pero eso no son revoluciones. Si mañana, a consecuencia de conspiraciones de guadarropía, se proclamara la república, tampoco sería una revolución. Las revoluciones las hacen los pueblos. Y para que tenga éxito es necesario que coincidan, en el tiempo, con unos dirigentes que sepan aprovechar su empuje. […] Aquí, en España, se ha levantado muchas veces el pueblo. Otras ha habido presuntos caudillos. Nunca han coincidido. Aquí nunca ha habido una revolución ni, por lo visto y oído, la habrá.

Volviendo al principio: ¿qué dicen, qué escriben, dónde están los intelectuales de hoy? El intelectual o es un referente social o no lo es. Alguien puede ser un gran pensador, un magnífico escritor, un estupendo cineasta o científico pero la condición de intelectual la adquiere cuando, valiéndose de su prestigio, interviene en la actualidad y sus palabras son referencia para buena parte de la sociedad. En este sentido, para que existan intelectuales es necesario la coexistencia de una ciudadanía dispuesta a ver, leer, escuchar y aprender.

En cualquier caso, siempre resulta interesante tener a mano un libro como La calle de Valverde de Max Aub.

Es lunes, escucho a Mark Wade Trio:

Algunos post interesantes: La traición de Europa El cisne Hoy es 8 de marzo La casa dorada/19 ¿Por qué no se organiza la ayuda a los refugiados? Alevosía Sé fuerte compi yogui En defensa del pluralismo político  12 años del 11-M. No olvidamos crímenes ni manipulaciones La España imperturbable Diógenes y los pactos

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2 comentarios

  1. Lo más parecido a esa definición de intelectual que nos queda es Emilio Lledó, pero me temo que se le escucha más por la admiración y ternura que provoca esa lucidez en un cerebro tan anciano que porque sus palabras realmente tengan capacidad de hacernos reaccionar.
    Dicen que los españoles tenemos ganas de cambio, de un cambio real, pero a mí me parece que la verdad es que unos cuantos españoles tenemos ganas de que la mayoría tenga ganas de cambio. Damos pasitos en ese sentido, pero las fuerzas a las que hay que vencer (la costumbre, la pereza…) son demasiado persistentes.
    En cuanto a las revoluciones, resulta descorazonador que la que pudo ser, la que iniciaron los anarquistas en Cataluña con el estallido de la Guerra Civil, se encargaron de sofocarla sus propios aliados de izquierdas. España es un pueblo demasiado perezoso y conformista. No creo que vivamos algo parecido a un 15M en muchos años, por insostenible que sea la situación.
    Saludos.

    • Juan dice:

      El problema de Lledó es que se le lee poco, se le escucha poco y se le desconoce demasiado.

      Comparto la idea de que solo unos pocos españoles tienen ganas de cambio, de lo contrario la última consulta electoral hubiera obtenido unos resultados muy diferentes. Estaba convencido que más que el cambio, lo que movía a mucha gente era la decencia, quiero decir el deseo y necesidad de spostar por dirigentes decentes; pero esos resultados electorales tampoco lo confirmaron.

      La revolución pendiente es la de la conciencia. Hoy tenemos muchos medios, accedemos a publicaciones de todo tipo manera prácticamente gratuita y confortablemente; sin embargo lo que se detecta es algo tan antiguo como las consignas y las adhesiones inquebrantables. Las redes sociales son un claro exponente. Saludos.

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