Demasiadas palabras

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O nosotros o nadie

La militancia clandestina usaba la criptografía, como lo hacían los diplomáticos y los militares, para enviar anotaciones a compañeros que los adversarios no pudieran descifrar.  No parece que ahora la izquierda envíe mensajes para ser descodificados o puede que sí y que esté alertando de su propia incapacidad. Observando cómo ha terminado el sainete de la unidad, todo es posible. Tanta palabrería sobre la necesidad de confluir y resulta que todo termina en un estrepitoso fiasco para contrariedad de unos y regocijo de otros.

¿Decepcionado? Quizá ya no quede espacio para el desencanto cuando la llamada unidad se queda en simple batalla dialéctica o en pretexto para marcar, como hacen los perros, el territorio. ¿Cuántas listas se presentan en nombre de la izquierda? ¡Joder!, ¿tan imposible resulta la confluencia programática, la unión por la democracia y la ciudadanía? ¿Decepcionado? Tal vez descolocado. Qué pensar cuando, rotas las negociaciones entre IU y Podemos, se opta, en nombre de la unidad de la izquierda, por buscarla con Talegón o Sotillos. Cómo reaccionar cuando hemos afeado la escasez democrática de los dedazos y ahora resulta que se recurre al ordeno y mando del aparato para colocar a un Pérez Royo, que se baja a los dos minutos, o a Luis Carlos Rejón.

¿Dónde está la izquierda? Como en este espacio se atiza, con demasiada insistencia, contra la falta de implicación de la ciudadanía en defensa de sus propios intereses colectivos y contra la desidia reivindicativa de los ciudadanos, es hora de poner el foco sobre los partidos de izquierdas. ¿Dónde han estado? ¿Dónde están? Si alguien ha estado a la altura de las necesidades, han sido los ciudadanos de las mareas, blancas o verdes, los que agrupados se la han jugado para frenar la indignidad de los desahucios, los que nunca se han cansado de denunciar abusos o de exigir derechos y libertades.

Los partidos de izquierdas no han sabido interpretar ni sumarse el impulso de los movimientos sociales para derrotar a la derecha política. Han perdido demasiadas energías en señalar quiénes son auténticamente de izquierdas —como si la nomenclatura y la etiqueta fuera lo importante— y en negociar una confluencia donde primaba más los intereses partidarios que los colectivos.

Ante la crisis económica, ante el abandono de las personas y el aumento de la desigualdad, ante los casos de corrupción y el deterioro de las políticas públicas, había una oportunidad para encauzar el descontento. La ciudadanía sí lo entendió y lo expresó en calles y plazas. Por un tiempo, Podemos parecía recoger ese impulso, pero ante las expectativas demoscópicas decide alejarse de las asambleas para constituirse en un partido más.

Cuando el 15M gritó a los parlamentarios que no les representaban, se estaba a las puertas de una revolución democrática. Ciudadanos que nunca se habían interesado por la política y otros que la habían repudiado, vieron una oportunidad. Era el momento para intentar transformar el poder democrático y de domesticar a ese otro poder, el no democrático, el que lo puede y gobierna todo sin someterse al escrutinio de los electores. Parecía que se abría paso una política más decente, más democrática.

No es intención responsabilizar a Podemos de esta situación, pero se estaba a un paso de afrontar la necesaria regeneración democrática con esta formación como referente. Ahora la situación ha cambiado. La esperanza se difumina a lomos de la soberbia de unos y la necedad de todos. Con un paisaje desolador a la izquierda de la socialdemocracia, poco cabe esperar del poder transformador de la próxima legislatura.

¿Qué se puede esperar de los partidos? Entre el estrecho margen de maniobra, el anquilosamiento de los antiguos y el fiasco de los nuevos, tendrán que volver a ser los ciudadanos quienes lleguen a donde los partidos no estén dispuestos a llegar. ¿Será este el mensaje encriptado que transmite la izquierda? Cada vez parece más evidente que si los ciudadanos quieren hospitales y escuelas públicas, condiciones de trabajo dignas y salarios decentes, si quieren una democracia honesta, tendrán que ser ellos los encargados de recordárselo a quienes elijan en las próximas elecciones. Será cuestión de votar, pero los grandes retos que hay por delante, o son impulsados por los ciudadanos o no serán.

Es lunes, escucho a Lara Driscoll:

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4 comentarios

  1. madamebovary dice:

    Bueno, a mí me llama la atención el soterrado clamor por recuperar el paraíso perdido. Y, ¿dónde está ese paraíso perdido? Hay quien lo señala en el tiempo allá por 2007, más o menos, es decir, antes de la crisis. Pero por aquellos entonces muchos del 15M pasaban de la política y la ‘verdadera’ izquierda negaba que existiera lo que hoy añora. Quizá sea que el paraíso, muy defectuoso, estaba aquí y no nos dimos cuenta. Es posible que tengamos que pasar por algo tan obvio como descubrir la democracia como reconocimiento del otro, desterrar el pensamiento totalitario y aceptar que la política es aburrida, pedestre y poco dada a grandes alardes épicos. Ahora bien, la melancolía es una enfermedad romántica, asociada con la añoranza de lo que no acaba de ser porque hay quien cree saber cómo alcanzar el cielo.

    Buena entrada. Como todas las tuyas, invita a la reflexión.

    • Juan dice:

      Hay una interpretación del pasado que siempre conduce al conservador “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Todos sabemos que no es así, pero añoramos otros tiempos tal vez porque se nos fue. Cuando se cuenta el periodo de la Transición como un magnífico periodo histórico, eluden los momentos y aspectos horribles que recordamos todos los que la vivimos. No hay paraísos ni cielos que no construyamos nosotros.

      Gracias por leer y comentar.

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