Demasiadas palabras

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Releer

Toda persona es protagonista de la novela de su vida, aunque en ocasiones por capricho o error el narrador inserte capítulos que debieran pertenecer a otra narración. En nuestra historia particular siempre hay algún fragmento que quisiéramos ocultar, que desearíamos extraño a nuestro relato, de la misma manera que hay pasajes a los que no nos importaría volver como regresamos a esos textos que tanto nos atraparon. 

Dicen que la lectura más completa se consigue cuando se regresa a lo leído. Seguramente se haya dicho mil veces: un buen texto es el que soporta más de una lectura. Sin embargo, en nuestra narrativa, en la que somos protagonistas, no existe esa posibilidad. Leemos como vivimos; vivimos aceleradamente, leemos deprisa y sacamos conclusiones a bote pronto. Y como vivimos de manera precipitada y erramos más de lo deseable, lo sensato sería tomarnos un tiempo muerto, como se hace en determinados deportes, para reparar algún que otro desaguisado.

Hay quien lee de manera compulsiva y quien lo hace más sosegadamente. Los primeros, por ser presas de la trama o porque convierten la lectura en una competición consistente en devorar páginas y libros como si fueran los metros o kilómetros de una prueba maratoniana, tienen como principal objetivo alcanzar la meta, llegar a la página final o descubrir el desenlace de la ficción. Los segundos buscan la melodía oculta entre líneas, el sonido y significado de las palabras; analizan el texto y el contexto, escudriñan el argumento y sus personajes con la minuciosidad y destreza de quienes resuelven el cubo de Rubik.

Una buena lectura incita a la relectura aunque parece evidente, como sentenciara Borges, que para releer se necesita haber leído. Probablemente lo haya escuchado o leído: la relectura es un salvoconducto que nos hace inmune a la estupidez del pedante y nos ayuda a diferenciar el texto literario del producto editorial. Hace unos días, alguien muy satisfecho alardeaba de haber leído en este año más de 60 libros. Nadie de los presentes, preguntó por el tipo de lecturas; a él tampoco pareció interesarle esa cuestión. Esta insustancial anécdota confirma cierta sospecha en la moda de dejar constancia de todo lo que hacemos y la tendencia a convertir nuestra existencia en un desafío permanente en el que superar ciertas pruebas por etapas. Lectura al peso, volúmenes para récords estúpidos, libros como elementos decorativos.

Igual que reproducimos una y otra vez la música que nos gusta o volvemos, entre las sábanas, a repetir lo que tanto nos satisface, ¿por qué no regresar a los párrafos que nos intrigaron, conmovieron o simplemente nos gustaron? Ante un plato que nos gusta lo adecuado es saborear y degustar. No se trata de convertirnos en lectores exquisitos sino en lectores capaces de captar los matices y detalles que se nos escaparon en una primera lectura, en buscar nuevas perspectivas en lo leído. Los textos leídos continúan exactamente iguales, pero el contexto social y nosotros sí hemos cambiado. Volver a lo leído es constatar ese cambio.

Es lunes, escucho a Clara Cernat y Thierry Huillet. Supongo que el pueblo húngaro no actúa como sus dirigentes ni como Petra László:

El placer de releer El lector del futuro: la literatura que es y que será “El principito”: un libro al que acudir siempre [A la poesía…] Enfrentar los ataques de mediocridad Sobre la lectura compulsiva y los fríos del alma

http://wp.me/p38xYa-1sw

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1 comentario

  1. Muchas gracias por enlazarme!! Un saludo

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