Demasiadas palabras

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Mañana seré nacionalista

Llegado el momento, los nostálgicos guardaron en el congelador aquello del «una, grande y libre». Tras décadas de opresión, los correligionarios de la unidad nacional se dieron un descanso estratégico. Mientras, el Estado de las autonomías se asentaba acercando a la ciudadanía cierta prosperidad y derechos. Ahora, a cuentas del auge independentista en Cataluña o de la simple proclama del derecho a decidir, los fervorosos patriotas de la unidad nacional salen del largo periodo de hibernación para cobrarse deudas pendientes.

Cuando a un pueblo se le despierta la conciencia, pone en valor su cultura y su lengua, hay quien no vislumbra otra opción que la construcción de un Estado propio que aglutine historia, tradiciones, economía, cultura y algo tan básico y manipulable como los sentimientos. La gestión de éstos, en política, tiene sus riesgos al serpentear en un territorio abonado para la demagogia, la propaganda y la manipulación. El nacionalismo catalán y el español emplean los mismos recursos: patria, bandera y, entre otras, una sesgada lectura del pasado histórico. En este debate sentimental de relaciones en el que unos amagan con romper y otros enarbolan la unidad desde la coacción y la agitación del miedo, ¿dónde quedó la política?

Diría que la política desapareció cuando alguien decidió impugnar un Estatut aprobado por el Congreso y el Senado español, una vez «cepillado» —en expresiva revelación de Alfonso Guerra—. Un Estatut que luego sería refrendado por el electorado catalán en 2006. También cuando el Gobierno de España prohibió el referéndum para contar voto a voto el camino a seguir y cuando, entre otras ofensas, los impulsores de este despropósito declararon su intención de españolizar a los niños catalanes. La política no es simulacro de una guerra que sustituye armas por otro tipo de armamentos como la oratoria, la amenaza, la propaganda o la manipulación. En definitiva, la política despareció cuando el diálogo y el debate fueron sustituidos por el atrincheramiento.

Más que símbolos y patrias, me interesa el bienestar de las personas. Soy de esos que nunca siguen al abanderado y de los que nunca sintió emoción patriótica al escuchar la música militar que tenemos por himno. Desdeño el nacionalismo por ser una fuerza egocéntrica, que aspira a concentrar las propias «esencias», que gusta mirarse el ombligo y parapetarse en el agravio comparativo y el victimismo. También por la apropiación indebida del espacio sentimental y simbólico. Soy partidario del derecho a decidir de los pueblos, soy consciente de las particularidades del pueblo catalán y de otros pueblos; comprendo, aunque no comparta, las aspiraciones de los independentistas y no entiendo la obcecada negativa del nacionalismo español al derecho a decidir de los catalanes.

No soy nacionalista. Observo el nacionalismo como un anacronismo pero, desde mi condición de no creyente en patrias, banderas y fronteras, no tendría inconveniente en hacerme nacionalista de una nación políglota porque defendiera todas las lenguas y cuya Constitución fuera garante real y efectiva del bienestar de todos sus ciudadanos, de la solidaridad y el progreso, de la igualdad de derechos y de oportunidades, de la justicia, la paz y el entendimiento entre los pueblos.

Es lunes, escucho a Gene Ammons:

Mi sentimiento de patria  Filosofía de bar La cuestión no es separarse sino liberarse Independencia al 3% El que mató a Manolete ¿Nación o Estado catalán? Esta es la cuestión A los nacionalistas los trae la ciegüeña ¿Qué está pasando en Catalunya? Respuestas de un madrileño en Barcelona 

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3 comentarios

  1. Magnífico. Comparto cada una esas palabras repletas del sentido común del que, por desgracia, tanto adolece buen parte de la sociedad española (y catalana). Un abrazo.

  2. icástico dice:

    Recurro a la conocida cita “el nacionalismo es una enfermedad que se cura viajando”

    • Juan dice:

      La cita de Baroja está bien pero, ¿se ajusta a la realidad? Habría que definir enfermedad y viajar. En todo caso, más que de viajar se trata de estar abiertos a las diferencias, respetarlas y no tratar de imponer unas sobre otras. Se trata de borrar fronteras tanto territoriales como culturales. Gracias por comentar.

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