Demasiadas palabras

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Certezas impuestas

Si estamos donde estábamos: unidad de la patria, Estado arrodillado a los intereses de la Iglesia católica, ciudadanos olvidados en las cunetas o tratados como criminales por reivindicar derechos y libertades, cabría preguntarse si la transición a la democracia fue tan modélica como nos la cuentan. Si tantos años después el debate sigue marcado por la unidad territorial, la corrupción, el desafecto, la jibarización de derechos o por la proliferación de orates para quienes todo el que discrepa es rojo, terrorista o radical izquierdista. Si estamos obligados a recomponer una democracia corroída por intereses y ambiciones espurios, cabría preguntarse si el tránsito a esta democracia fue tan modélico. 

La muerte de Adolfo Suárez nos trae el bochorno del halago tardío e interesado. Con Suárez muerto y la Transición —¿en los libros de Historia?—, ocurre lo mismo que con el sol: hay días en los que brilla tanto que no podemos ver sus manchas aunque sepamos que las tiene. Muchas de las loas al muerto parecen proclamas para tranquilizar conciencias. La coreografía plañidera ha rayado la náusea. Quienes ahora se suman al espectáculo de la mitificación ya lo podrían haber hecho cuando el personaje vivía y conservaba capacidad suficiente para percibir aprecio y reconocimiento. Una vez muerto, ¿para qué tanto halago? Convertido en mito, lo pasearán a lomos de una ruin Babieca alimentada con granos de oportunismo necrófilo, demagogia y otras malas hiervas.

Adolfo Suárez es, por ahora, el gran héroe que encarna la idealización de la Transición; cuando le toque el turno, lo será Juan Carlos. Suárez y Transición van de la mano; merecen reconocimiento. Pero el mejor tributo no puede consistir en publicar hagiografías, ni en obviar la realidad de un dirigente que se quitó la camisa azul para presidir la transición a esta democracia. La virtud principal de la Transición: facilitar el acceso al sistema democrático e incorporar a quienes procedían del franquismo; una de sus manchas —que algunos convierten en virtud—, actuar como si la dictadura no hubiera ocurrido.

Que no todo se hizo bien parece una evidencia pero, habría que haber estado allí rodeado de militares golpistas y franquistas de la peor calaña. En todo caso, el maquillaje del pasado y la tergiversación interesada parece excesiva tanto en el halago como en el desprecio. Si durante años nos contaron que teníamos un sistema político eficaz, construido desde la reconciliación, hoy sabemos que no es verdad. Si nos cantaron las virtudes de un sistema de partidos compitiendo leal y legalmente, que utilizaban sus recursos con sensatez y decencia, hoy sabemos que no es cierto. Si nos contaron que disponíamos de una democracia que garantizaba derechos y protegía a los ciudadanos, hoy sabemos que es mentira.

Que algo no se hizo bien en la Transición, lo demuestra que hay materias reservadas de las que se desconoce casi todo y víctimas olvidadas, el rancio olor a naftalina que destilan muchas de acciones legislativas actuales o, por ejemplo, los funerales de Estado con sobredosis de obispos y militares. Pero éstas y otras peculiaridades no suponen falta de reconocimiento hacia un dirigente que desbrozó el camino hacia la democracia, ni hacia un periodo que, cargado de incertidumbres, amenazas y renuncias, nos hizo más libres. Reconocer el papel desempeñado por Suárez y la Transición, no implica aceptar una ejemplaridad y perfección que no tuvieron. Manuel Hidalgo escribía hace unos días que el tiempo da sentido a lo vivido pero de igual manera, habría que afirmar que vivir consiste también en ir borrando las certezas impuestas.

Es lunes, escucho a Dave Douglas:

 

En otros blogs: Suárez remueve la opinión popular por sus inicios políticos, Suárez y el andaluz locuaz, Mentiras, una más, Poder y silencio, Difuntos, Culto a la personalidad, Suárez y los mitos de la transición, Adiós al maquinista de la Transición española, El legado de Adolfo SuárezSuárez y la democracia, Suárez y los cortesanos, Espejismo, Suárez: una transición inacabada, Luces y sombras de Adolfo Suárez,

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5 comentarios

  1. grojol dice:

    No sé si “habría que afirmar que vivir consiste también en ir borrando las certezas impuestas” o… tendríamos que constatar que nos hemos acostumbrado a “comulgar con ruedas de molino” y que nos va la marcha borreguil… Así, las “certezas impuestas” serían eternas y, vivir… una pesada ilusión?
    ¡Qué mala pinta tiene esto!
    Un abrazo

  2. Verbarte dice:

    La figura de Suárez ilustra la historia de España desde 1975. La Transición no ha sido más que el blanqueo de la negra España precedente, un lavado de personas e intereses para que continuasen siendo de curso legal, la conversión de España en un paraíso ideológico donde se admitieron pensamientos y políticas sin cuestionar su oscuro origen.

    La tragedia del Alzheimer es la metáfora cruel de una España que ha subido, uno tras otro, los escalones del olvido hasta el punto de condenarse a repetir su historia. La desmemoria no es total y ráfagas de lucidez permiten identificar muchos de los comportamientos del Partido Popular con la ideología franquista que mueve sus neuronas ideológicas.

    Los cuidados paliativos ya no afectan al deteriorado cuerpo de la paciente, habría que aplicar cirugía agresiva, pero la metástasis apenas deja resquicios para la ilusión. El Alzheimer en sí no mata, pero despeja el campo para la actuación de todos lo agentes patógenos que acaban con la vida de quienes lo padecen. Así está España.

    Salud

  3. Borramos (borran) lo negativo y ensalzamos (ensalzan) lo positivo hasta el punto de hacernos creer que aquellos años fueron el paraíso. No sorprenden los sonrojantes ejercicios de cinismo, y eso es lo más preocupante de esta democracia: la mentira y la falta de escrúpulos se han institucionalizado hasta el punto de no ser capaces de distinguir si queda algo que no esté podrido. Buena reflexión. Feliz semana.

  4. Juan dice:

    Es todo un lujo para este blog contar con Verónica y Benjamín como asiduos lectores y comentaristas asiduos. La cortesía “bloguera” que hay que responder pero, cuado te encuentras con comentarios muy atinados casi mejor no añadir nada.

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