Demasiadas palabras

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Los 300, la prensa y la juez

Cada vez que se encuentre usted del lado de la mayoría, es tiempo de hacer una pausa y reflexionar». Mark Twain

En estos tiempos en los que todos los grandes medios destilan el mismo jugo, se hace más necesario que nunca cuestionar sus informaciones, sospechar de todos sus editoriales y desechar todas sus pretensiones. Desde la tergiversación y la demagogia, procuran moldear la respuesta de sus lectores, de toda la sociedad; ambicionan conducirnos, como si fuéramos integrantes de un rebaño sin capacidad de orientarse ni de pensar por sí mismo.

En realidad no hacen nada exclusivo. Nos tratan como lo hacen las organizaciones religiosas o las políticas. De la misma manera que las religiones adoctrinan a sus fieles para que acepten sus dogmas sin rechistar, el Gobierno y sus propagandistas elogian la mayoría silenciosa porque prefieren ciudadanos que no cuestionen sus atropellos. El periodismo, especialmente el de los grandes medios, anhela, igual que los estamentos religiosos y políticos, que dejemos nuestra capacidad de pensar en sus manos; que no tratemos de comprender los “por qué” que nos inquietan porque ellos aspiran a darnos las respuestas. Pretenden que no pensemos ni reflexionemos más allá de lo establecido.

Por ello, cuando escucho o leo estos grandes medios, intento interpretar sus mensajes en sentido contrario al de sus intenciones. En realidad, suelo tomar estas precauciones pero no siempre lo consigo. Por ejemplo, ante el espectáculo ofrecido a las puertas de la audiencia provincial de Sevilla en protesta por la instrucción que la juez Alaya hace los ERE fraudulentos,  imposible no coincidir con la respuesta ofrecida desde La Razón hasta El País. Por mucho que sospechara ante tanta unanimidad, como a ellos, el espectáculo me pareció bochornoso.

Allí, según las informaciones, se congregaron unos 300 sindicalistas. Puede que fueran menos o algunos más; en cualquier caso, lamentable. Igual los congregados pensaron que si 300 espartanos hicieron frente a un poderoso enemigo; ellos, se bastarían para cantarle las cuarenta a la jueza. Deberían saber que la épica está bien para el cine, la fabulación histórica o las novelas de aventuras o que, en las Termópilas, los 300 espartanos lucharon junto a miles de soldados de otras ciudades-estado. Ellos fueron 300 y, por los apoyos recibido, muy pocos más. Su concentración a las puertas del juzgado, lejos de ser un acto heroico, es una acción tan lamentable como contraproducente. ¡Oiga, ni financiado por Intereconomía! Cuando desde hace tiempo los conservadores, con todos sus medios, han emprendido una causa contra el sindicalismo, regalarles las imágenes de sindicalistas exaltados es ofrecerle munición para el ataque. Como sindicalistas, debieran ser los primeros en exigir transparencia y honradez en sus dirigentes y sobre las cuentas que manejan; como ciudadanos, deberían reivindicar el destino y uso adecuado de todos los dineros públicos; como defensores de los trabajadores, deberían dirigir sus protestas contra quienes malversan los dineros destinados a paliar el paro o contra quienes aprueban leyes que degradan nuestras condiciones laborales que son los mismos que, en el Congreso, gritan a los parados «que se jodan» o quienes acusan falsamente de defraudadores a medio millón de parados, desde la rueda de prensa posterior a un Consejo de Ministros.

De otra parte, casi todos estos medios que tan indignados han reaccionado en defensa de esta juez, son los mismos que presionaron para que otro juez dejara de instruir los crímenes del franquismo y los que repudiarán al Tribunal Europeo de Derechos Humanos si anula la «doctrina Parot». Deberían comprender que si un día, al entrar en los juzgados, la juez Alaya es aplaudida y vitoreada no debe extrañar que, otro día cualquiera, los halagos se vuelvan desprecios y los aplausos se conviertan en pitos. Y, en todo caso, si las manifestaciones de apoyo no merman ni coaccionan la independencia de la juez, ¿por qué las expresiones de repudio sí son un ataque a su independencia?

http://wp.me/p38xYa-rD

Relacionado con el tema: El infundio contra los sindicatos, Óbito y responso sindical, La extrema derecha y el sindicalista despistado, Yo también estuve moralmente allí, El peligroso derrotero de la jueza (principio democrático y principio de legalidad) La segunda tanda de mentiras. 

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2 comentarios

  1. madamebovary dice:

    Una pena. Creo que su mundo (el de esos 300) no es de este mundo.

    • jcromero dice:

      Hace años los sindicalistas entraban en la cárcel por defender a los trabajadores. En 1975 Marcelino Camacho y un grupo de sindicalistas, salían de la cárcel para recuperar la libertad. Ahora, con el repugnante caso de los ERE, algunos sindicalistas pueden entrar en la cárcel por motivos muy diferentes. Entre aquellos tiempos y estos, la derecha política y mediática concertaron un ataque constante y sistemático contra el sindicalismo y los sindicatos no han sabido responder adecuadamente ni a los intereses de los trabajadores ni a la caverna. Resulta significativo que los muy contados casos de corrupción que afectan a los sindicatos, tenga tanta repercusión: una insignificancia si se comparan con los que afectan a empresarios o partidos políticos. Sin embargo, se transmite una impresión interesadamente falsa. En este sentido, los 300 son un broche de oro para la estrategia de la derecha.

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