Demasiadas palabras

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Democracia y contrapunto

En estos días de vergüenza y corrupción política, de estupor y desafección democrática, quisiera recomendar a nuestros políticos que reflexionen, que olviden consignas partidarias y, si no quieren oír a los ciudadanos, al menos que escuchen algo de jazz.

Jazz como metáfora y como deseo. Como metáfora, porque en el jazz cada instrumentista encuentra espacio para expresarse sin imposiciones doctrinarias ni bemoles dogmáticos: cada cual tiene su propio espacio y libertad expresiva. Eso sí, el sonido grupal solo se logra cuando se escuchan entre ellos. Saber escuchar, en el jazz como en la vida misma, es una virtud profundamente democrática. La música, como la democracia, no se hace teorizando: todos los libros, artículos o post que desmenuzan, analizan, critican o bendicen los actos políticos sirven de poco si no son leídos, si su lectura no induce a la reflexión ni ayuda a interpretar mejor la realidad. Tan escaso valor tiene la elocuencia del cliché como nulo valor tiene la música que no se ha escuchado nunca, la que se queda para siempre en un pentagrama olvidado o en una sesión jamás grabada. La música necesita ser escuchada como la democracia, para ser democracia, se tiene que compartir y construir día a día.

Todos oímos discursos o leemos declaraciones y panfletos sobre la crisis de la política y de los políticos. ¿Alguna novedad? Si navegáramos por la hemeroteca en cualquier tiempo, en el que se pudiera escribir con algo de libertad, encontraríamos parecidos reproches a los que hoy se esgrimen. Así pues, como la necrológica preventiva está entre los renglones de cualquier texto o incluso en los sermones de algunos optimistas, mejor una buena dosis de Jack Daniel’s escuchando, por ejemplo, a Christian Scott o  Bobby Timmons y volver al jazz como metáfora útil para políticos y ciudadanos. Sí, porque de existir una música versátil, libre, democrática y en continua evolución, esta sería el jazz.

En el jazz como en democracia, el estilo personal del líder tiene su importancia, pero precisa apoyarse en la sección rítmica como la democracia debería hacerlo en los ciudadanos y en proyectos políticos diferentes. En el jazz, el solista es un elemento fundamental que debe ensamblar al grupo. En el sonido de una banda ocurre como en política, el final es la suma de instrumentos pero sólo cuando sus intérpretes son capaces de escucharse y respetarse entre sí, transmiten buenas vibraciones colectivas. Mala democracia cuando vivimos el tiempo de los idiotas; cuando predomina el diálogo de sordos, crece el desconcierto y la ausencia de swing es absoluta. Mala democracia la que tiene por representantes de los ciudadanos a políticos que no escuchan a sus representados y a ciudadanos indulgentes o despreocupados con las traiciones, desvíos y desvaríos de sus políticos. Malos tiempos cuando nadie escucha a nadie.

Mal asunto cuando la polifonía entre representados y representantes es simple cacofonía o, peor aún; espeso silencio. En democracia como en la música, el primer requisito es prestar atención, saber escuchar, convertirse en oyente activo y, llegado el caso, ser el contrapunto necesario. Porque, tanto en democracia como en el jazz, el contrapunto es la esencia, la pugna en igualdad de opiniones de una nota contra otra; la coexistencia pacífica y armoniosa de diferentes voces. Sin embargo, o tal vez por ello, el poder es alérgico al contrapunto, al contraste de pareceres y a la expresión de las diferencias. El Gobierno, el partido que le otorga la mayoría parlamentaria y el coro de voces mediáticas que le arropan imponen la voz única. El sonido de los votos en las urnas, es su coartada. La apropiación ventajista de la mayoría silenciosa y la apología del inmovilismo; el salvavidas del náufrago. Para ellos no hay otra opción posible: o se toca la misma pieza o se impone la que ellos decidan. Está claro: ¡Ni son demócratas ni escuchan jazz!

http://wp.me/p38xYa-o7 

Algunos blogs que publican sobre jazz: La música es mi amante, Jazz, ese ruido, Jazz y otras hierbas, Retales de jazz, En clave de jazz, RoundJazz,

 

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7 comentarios

  1. J.v. Bolta dice:

    Muy buen artículo. Creo que si en un grupo de jazz no hay entendimiento entre los músicos, las interpretaciones se quedan un poco deslabazadas. Y eso en la política jamás se puede conseguir.

  2. icástico dice:

    Ya que va de jazz, aprovecho para hacer propaganda de un excelente grupo. Si, uno de sus componentes es amigo y familiar político (Diego de Lera) https://www.facebook.com/picazodeleracucciarditrio

    • jcromero dice:

      Muy agradecido por la propuesta. Desconocía esta formación pero me parece un descubrimiento muy interesante. En el jazz como en otras músicas y en otras artes seguro que hay gente muy buena que escapan de los circuitos comerciales y no son muy conocidas. Subo dos vídeos de Daniel Picazo, Diego de Lera y Cucciardi:


  3. Verbarte dice:

    Existe un elixir que, en algunos lugares, es conocido como democracia participativa. No tiene capacidad para remediarlo absolutamente todo, pero quienes lo han probado dan fe de que el cuerpo democrático vive muchísimo mejor. No es del gusto de los partidos mayoritarios y sí acaparador de elogios por parte de la ciudadanía. Todo el mundo opina, todo el mundo debate, todo el mundo contrasta y todo el mundo vota con el convencimiento de que el resultado es el mejor de los posibles.

    Uno de los grandes problemas de la industria democrática es su sumisión a los gustos de las productoras, igual que las productoras discográficas suelen ser un problema para la música cuando anteponen la fórmula de los 40 principales a la libertad creativa e interpretativa de compositores e intérpretes, cuando anteponen el benficio a la cratividad. Las productoras (banca, CEOE, Conferencia Episcopal y otras) definen el pentagrama donde cuelgan sus notas PP y PSOE y de ahí la olla de grillos en que se ha convertido la democracia nacional.

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