Demasiadas palabras

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Respuesta electoral

La cronología histórica nos dice que la democracia española dura casi tantos años como duró la dictadura y, por como actuamos, parece que también ahora preferimos el sarcasmo a la acción, encogernos de hombro a dar un paso al frente. Si en el franquismo no se supo o pudo derribar al dictador, ahora parece que no sabemos ni queremos librarnos de los corruptos y farsantes que dicen representarnos, conformándonos con el desafecto expresado en encuestas y redes sociales.

Distintos barómetros vaticinan una abstención próxima al 51%. Los abstencionistas interpretan que es una magnífico dato que reafirmaría el rechazo de la ciudadanía a una forma de hacer política. De acuerdo, pero ¿al día siguiente qué? ¿Se puede lograr un triunfo sin ganancia alguna? Quien piense que los partidos y políticos recibirán el mensaje de asco y rechazo a sus prácticas y componendas, ya pueden esperar sentados. Cuando se certifique la gran abstención anunciada, los defensores de lo establecido, aducirán que se trata de una prueba de salud democrática —por lo que supone de confianza y delegación implícita en los políticos—. En todo caso, el sistema no se descompondrá por la incomunicación entre la sociedad civil y sus representantes, ni se convulsionará porque estos sean elegidos por cada vez menos electores.

Hay quien anuncia con algarabía el derrumbe del bipartidismo. De producirse, no dejará de ser la sustitución de unos por otros. Desapareció la UCD, partido clave durante la Transición, y no pasó nada; si desapareciera el PP, el PSOE o los dos, no significará necesariamente un cambio real en la opinión de los electores sino su apuesta por otras formaciones como instrumento político. Cuando se produzca la derrota del bipartidismo, si se produce, se dejarán atrás las mayorías del PP o PSOE para abrirse un escenario diferente donde la negociación, el pacto y la coalición sustituirían a gobiernos de un solo partido. ¿Algún problema? Salvo para quienes gustan de etiquetar con derecha o izquierda cualquier contenido para adherirse o repudiar el mismo, ninguno. Pero entonces, surgirá un nuevo desencanto entre los electores; el provocado por la política de consensos entre fuerzas que se presentaron como dispares y funcionarán, en lo fundamental, como iguales.

Por como actúan, a políticos y partidos no les interesa la calidad democrática, ni la poca o mucha participación; les preocupa ganar, tener más votos que el contrario, salir elegidos. Los hay que ocultan su ideología: unos por carecer de ella, otros por temor a que los electores les reconozcan y huyan. Incluso hay algún partido con un guirigay estratégico tan descomunal que, en espera de noviembre, no sabe si quiere ser una cosa o la contraria. Otro, ofrece un proyecto económico consistente en liquidar lo público —¡privatizan hasta el sol!— en beneficio del sector privado ocultando sus intenciones con un lenguaje repleto de eufemismos para confundir y engañar. Así las cosas, todos se centran en un demencial carrusel de insultos y descalificaciones donde predomina el agravio comparativo, lo malo que son los demás y lo bueno que son ellos.

Con este panorama que gobiernen unos u otros no supondrá cambios realmente significativos por mucho que PP, PSOE o IU tengan diferencias evidentes. Podemos responsabilizar a la crisis de la negativa percepción de políticos e instituciones pero, en realidad, la política siempre fue observada con recelo. Conocidos los datos de afiliación parece que nunca hemos confiado en las formaciones políticas pero delegamos en ellas por comodidad, por el aporte de una supuesta cohesión social y por lo que de simulación democrática representan. Delegamos en ellos sin atisbar el riesgo de convertirse en auténticos enemigos de la democracia.

¿Que hacer entonces? ¿No votar? ¿Votar en blanco? ¿Esperar que mi viejo partido se reconstruya de entre las cenizas para satisfacer la deuda pendiente con la ciudadanía después de tantos años malgastando la confianza, la fidelidad y las ilusiones de tantos electores? ¿Dispersar el voto para que nos sigan gobernando estos impresentables? De momento, contra ellos; por fulleros, traidores y aprovechados

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2 comentarios

  1. Verbarte dice:

    Falta en este país una conciencia política por parte del grueso de la ciudadanía. Votar se ha convertido en una liturgia para creyentes y, fundamentalmente, no creyentes. El desapego social hacia la política tiene dos robustos pilares: uno, el inmoral comportamiento de los partidos políticos a lo largo de la reciente historia de España y, dos, el individualismo que se ha apoderado de las realciones sociales.

    Entender que la política es la actividad de cada una de las personas que componen la sociedad, incluida la inacción, es entender que no es un concejal o un alcalde quien debe limpiar la porquería expandida por calles y jardines, sino que es la ciudadanía quien debe procurar no ensuciar. Los grandes partidos han procurado que sus votantes pasen a la inacción presentando en sus programas la limpieza como una tarea propia del entramado partidista y no como una tarea colectiva de la ciudadanía. Con esto han conseguido domeñar el voto y presentar como logros propios cosas que sin el concurso del pueblo no serían posibles, es decir, se han adueñado del espacio público y del voto privado.

    Hasta hoy, casi ninguna fuerza política ha propuesto, ni mucho menos practicado, la participación ciudadana más allá del voto, negando así la implicación e identificación de las personas con la política y consiguiendo delimitar un compartimento estanco en el que las decisiones que afectan a la mayoría obedecen a los dictados de minorías interesadas que se agazapan detrás de las siglas, de los programas electorales y de las donaciones ilegales de los partidos.

    • jcromero dice:

      Al paso que vamos, parece que nos refugiamos en el mirar para otro lado y aguantar, en resistir de manera resignada y esperar que pase la tormenta. Aquí, aunque algunos políticos pierdan la cordura que nunca tuvieron, con lo de “tanta opinión y tanto Twitter” de la votadísima Teófila Martínez, no pasa nada. Ellos no tienen miedo a la convulsión social, solo que les incomoda las cuatro voces que se levantan. Aquí no pasa nada porque no se atisba un grado suficiente de conciencia social ni de análisis de la realidad. Resulta más entretenido ocuparse del fútbol, por ejemplo. Aquí los partidos políticos, que siguen siendo necesarios, ya han dejado de ser cauce de expresión de una ciudadanía que no confía en ellos. Es el éxito del poder. Sin partidos políticos, sin sindicatos, sin ciudadanos: solo mano de obras y potenciales consumidores.

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