Demasiadas palabras

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España no es diferente

Por mucho que insistiera aquel lema turístico del franquismo, España es semejante a otros países. Es cierto que presenta ciertas particularidades: el trato privilegiado a la Iglesia católica; la denominación de fiesta nacional a esa orgía de sangre y maltrato animal que son las corridas de toros; la consagración, como herencia de siglos y siglos de catolicismo, de nombres de mujer tan peculiares como Socorro, Sacramento, Sagrario, Angustias o Dolores; el tener un Gobierno imbécil cuando prohíbe el nombre de Lenin, mentiroso cuando hace lo contrario a lo prometido y soez cuando con absoluta alevosía aprueba medidas contra los de más desprotegidos. La proliferación de quijotes, la mutilación científica y la muy autóctona envidia también son rasgos que nos identifica y diferencia. Pero, a parte de éstas y otras peculiaridades, España, más que diferente, es semejante a otros países europeos.

En los tiempos de Fraga y del franquismo se aceptaba la diferencia como un valor. El régimen se enorgullecía de ser distinto. Entonces, era cierto que este país se distinguía de otros: mientras que otros tenían democracia, aquí rampaba una dictadura golpista; mientras que algunos gozaban de libertades políticas, aquí se vivía bajo palio, yugos y flechas. En realidad el «Spain is diferent», era el lema de un tremendo complejo de inferioridad y de incapacidad para justificar, fuera del territorio nacional, la tiranía interna. El España es diferente era también, para algunos, el pesimista reconocimiento de que España no tenía remedio.

Hoy, pese a los problemas, la crisis y la incapacidad del Gobierno, España no es diferente. España es tan parecida a otros países, que su gobierno actual y el precedente, aceptaron la imposición de las mismas injustas e ineficaces medidas aplicadas y fallidas en otros territorios. ¿Dónde está la diferencia cuando ante la imposibilidad de devaluar la moneda, en España como en Grecia o Portugal, se opta por devaluar a la ciudadanía? Tan parecidos somos, que los españoles al igual que otros ciudadanos de países intervenidos, contemplamos como simples espectadores la escena de nuestra propia destrucción. Que España no es diferente es algo tan evidente que sabemos, como lo saben griegos y portugueses, quiénes son los sacrificados de hoy y quienes los serán en el futuro. España no es diferente. España, al igual que otros,  actúa como un país rescatado, atolondrado y mediocre que acepta la gibarización de servicios públicos y la liquidación de derechos. de manera callada y resignada. Mientras el Gobierno echa gasolina a las calles y regala encendedores, los ciudadanos nos refugiamos en el simple lamento del daño que nos hacen, en batallas deportivas o embobados, en prime time,  con «Sálvame Deluxe» y otros berenjenales. Unos lo llamarán madurez; muchos, resignación, mediocridad y cobardía.

España más que diferente, se manifiesta como un país apático y necio. Apático por aceptar cuantos recortes, pérdidas de derechos y despidos laborales tengan a bien decidir los llamados mercados y los ángeles de la señora Merkel. Necio, por la dificultad para separar el puro entretenimiento de lo verdaderamente relevante. ¿Qué calificativo merece un país que debate acaloradamente sobre fútbol, mientras lamenta a media voz la destrucción de sus derechos laborales y sociales? ¿Cómo llamar a un país que permite a políticos y voceros mediáticos usar la corrupción, no para acabar con ella sino para enfrascarse en un insoportable «y tú más»? ¿Cómo denominar a un país que tolera la subida de tasas universitarias y la subvención del  gin tonic para sus señorías? ¿Cómo llamar a un país que permanece impávido cuando el Gobierno pretende retroceder al pasado o cuando el Presidente dice que su palabra es una mierda porque diga lo diga hará siempre lo que considere? Un país así, anestesiado y complacido en sus miserias y diferencias, se manifiesta como un país de pandereta con políticos mediocres y ciudadanos mediocres carentes de compromiso y valentía pero colmados de resignación.

España no es un país distinto, aquí como en tantos otros abundan gobernantes mentirosos y negligentes.

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