Demasiadas palabras

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Democracia «low cost»

Si bajara la prima de riesgo, el número de ciudadanos en paro y los casos de corrupción; si remontara el consumo, la producción industrial y los indicadores más relevantes de la economía, ¿dejaríamos de ser un país en crisis? Si cesara la avaricia de los especuladores, la codicia de la banca y el hostigamiento del Gobierno con sus recortes, altanería y restricciones, ¿dejaríamos de estar en crisis? ¿Mejoraría sustancialmente el panorama si cambiáramos a unos gobernantes por otros?

Si se dieran algunos de estos condicionantes la crisis, o la gran estafa como prefieran llamarla, puede que remontara el vuelo pero quedaría entre nosotros la crisis de la democracia, la de los valores y las convicciones democráticas. Esta democracia simulada se asemeja a esas compañías aéreas de bajo coste que tienen fama de no prestar buenos servicios, no dispensar la atención deseable y con una letra pequeña que encubre un atraco en toda regla. ¿Qué se puede esperar cuando se pone la soberanía popular en manos de los llamados «aparatos de los partidos» para que estos decidan quiénes pueden ser los representantes electos? ¿Qué se puede esperar de unos «aparatos», acaparados por mediocres, que ya se cuidan de elegir a las personas más idóneas no por su inteligencia, capacidad o sentido de la responsabilidad, sino por la fidelidad y servilismo hacia quienes los encumbran?

En los principios del socialismo español, alguien arengó a sus compañeros incitándoles a elegir entre los mejores para luego vigilarlos como si fueran delincuentes. ¡Cuántos disgustos nos hubiéramos ahorrado de proceder siempre bajo esa premisa! En la actualidad, la organización interna de los partidos impide elegir entre los mejores porque los «aparatos» prefieren, de entre todos, a los más dóciles y maleables. Luego, ya se sabe: cuando un mediocre alcanza el escaño o el sillón, tiene la tentación de no dejar de vivir de los presupuestos y se aferra al cargo con todas sus fuerzas y, llegado el caso, con todas sus miserias. Por lo general, el funcionamiento de los partidos políticos resulta dudosamente democrático tanto en sus estructuras nacionales o federales como en la organización más pequeña de barrio, pueblo o aldea, donde, en ocasiones, los llamados «aparatos» son sustituidos por una o varias personas que maniobran como auténticos déspotas.

La simple concurrencia a las urnas, cada cierto tiempo, no convierte al sistema en democrático. El actual funcionamiento de los partidos evidencia que las decisiones son tomadas en los pequeños círculos que forman sus propias élites. Con ello, se pone de manifiesto las nulas intenciones democráticas de los mismos. La democracia interna en los partidos resulta un fastidio para los «aparatos» y una milonga por mucho que la Constitución imponga que «su estructura interna y funcionamiento deberán ser democráticos».

Las encuestas reflejan el despego de la ciudadanía hacia las formaciones políticas. Cuando los partidos, que «son instrumento fundamental para la participación política», funcionan como entes autoritarios y oligárquicos, cuando son fuentes de problemas en vez de espacios para encontrar soluciones, parece comprensible esta percepción. Quien reivindique la democracia interna solo cuando se acerca el momento de elegir a los responsables orgánicos o a los candidatos electorales, no ha entendido nada: no se trata de elegir entre dedo, congreso o primarias sino de impregnar de democracia la actividad diaria.

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6 comentarios

  1. Tengo la sensación de estar viviendo una época determinante para el futuro de la sociedad. El sistema que conocemos desde la Transacción está tambaleándose, y aunque los partidos tradicionales se empeñan en mantenerlo en pie, aunque sea apuntalándolo con cualquier cosa que tengan a mano, incluso recurriendo a la salvadora Iglesia, dependerá de los ciudadanos y ciudadanas decidir si creamos algo nuevo, una democracia más fresca, más democrática, o si, por el contrario, perpetuamos una realidad demostradamente injusta, en la que la prioridad absoluta es mantener los privilegios de los de siempre. Quiero creer que nuestro masoquismo tiene un límite… Comparto plenamente el análisis del post, así como los comentarios. Saludos.

    • Juan dice:

      De la democracia orgánica a la democracia tutelada hay un paso adelante, pero el paso que cierre la llamada transición será dado cuando esta democracia tutelada sea sustituido por la democracia de los ciudadanos. Depende de nosotros. No será fácil los partidos y las instituciones andan donde estábamos hace casi 40 años; el episodio “cómico” de las lenguas en Aragón demuestra lo poco que determinados sectores políticos e institucionales han avanzado, la ley Wert es un regreso a la legislación de los años 70 y el proyecto de reforma del nuevo código penal, por lo que se va conociendo, rememora los tiempos del TOP y de los grises. Estos retroceso son presentados como avances, pero si nos dejamos engañar, si nos conformamos con la envoltura del caramelo ¿echamos la culpa al árbitro?

  2. madamebovary dice:

    La Transición fue una puerta entreabierta que no acabamos de abrir, con sus luces y sombras. Pero el franquismo había echado raíces muy profundas en la sociedad española, tanto, que los partidos, me importan los de izquierdas, no supieron impregnarse de valores y usos democráticos: el PSOE confundió eficacia con despolitización; el PCE, luego IU, pretendió hacer política a golpe de doctrina; y la ciudadanía no llega a ejercer su soberanía, demasiado entretenida (una buena parte) con los señuelos que diariamente sueltan en el estanque. Habrá que seguir empujando la noria para que no falte el agua. Un saludo.

    • Juan dice:

      Totalmente de acuerdo. Algo ha fallado; todos hemos fallado. Estamos cerca de donde estábamos: la patria, la bandera, el nacional-catolicismo… El mito de la transición ha caído cuando se vuelve a situar en el debate la españolización de algún territorio y el catecismo en la escuela. Probablemente todo se hizo con el propósito de crear un escenario de libertad. Sin embargo cuando vuelve la derecha de siempre, esta derecha heredera de un franquismo que se resiste a condenar, esa derecha que considera una ignominia el restituir la dignidad de quienes murieron por defender la libertad y la legalidad; cuando esta derecha es incapaz de pasar página, algo debió hacerse mal durante la transición. Probablemente ésta tuvo que hacer concesiones para consolidarse pero que no nos la vendan como modélica porque, de serlo, no estaríamos en estas. Y efectivamente hay que seguir remando, que no falte el agua.

  3. Verbarte dice:

    La cultura democrática de este país es altamente deficitaria, tanto por el comportamiento de los partidos como por el lastre histórico que arrastramos. La manoseada transición, que debería haber incidido en asentar la cultura participativa en los asuntos públicos, se limitó al marketing político como forma de manipulación para ejercer la profesión política remunerada y especulativa.

    • Juan dice:

      Efectivamente nuestra cultura democrática hace aguas por todas partes. Lo peor es que a nosotros los interesados parece importarnos bien poco. Del déficit democrático un porcentaje nada desdeñable se debe a nosotros. Comparto la opinión que expresas sobre esa transición que, efectivamente, no fue tan modélica como nos la quisieron presentar. En todo caso considero que había que vivir aquel momento histórico alarmado por ruidos de sables, decenas de muertos cada año por el terrorismo y tanques saliendo por las calles. Ha pasado tiempo y nos corresponde a los ciudadanos completar la tarea iniciada, reivindicando nuevos derechos y defendiendo aquellos que nos quieren cercenar. Es lo que correspondería hacer a una sociedad madura democráticamente hablando. El panorama es poco esperanzador cuando incluso a los partidos políticos, que se llenan la boca de la palabra democracia, les incomoda tener un funcionamiento cercano al democrático.

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