Demasiadas palabras

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¿Interesa la política?

Las encuestas hablan de ella; políticos, articulistas y contertulios también. Todos la citan para expresar el recelo o la desconfianza, cuando no el cabreo y hostilidad de buena parte de la ciudadanía hacia la política. Tanta corrupción, tanta porfía partidista y tanto desprecio al ciudadano, ha conducido a la indiferencia por la política y al desprecio por los políticos. Diccionario en mano, quizá fuera más preciso hablar del desafecto pero todos lo llaman desafección. 

Este rechazo de políticos y de la política no significa que a la gente no le interese los asuntos públicos. Lo que le asquea es la estrategia, la estéril disputa partidaria o el continuo cálculo electoral. ¿Cómo no va a interesar el acceso a la vivienda o la protección de la salud también en tiempos de crisis? ¿Cómo no va a interesar la situación de los parados, los impuestos que pagamos, los derechos que perdemos, la generalización de los trabajos basuras, de los salarios basuras o la recogida y tratamiento de todas las basuras? Como no tenemos cuentas suizas y pagamos los impuestos que  corresponden, nos interesa lo que decidan hacer con ellos: con la dependencia del abuelo, la pensión del padre o la beca del hijo. ¡Claro que interesa la política! La gente no es idiota¹. Interesa la política pero aburre el politiqueo incapaz de solucionar los problemas ciudadanos; enoja la corrupción, la ineficacia y la falta de transparencia de políticos y gestores públicos; irrita que, donde hay ciudadanos, sólo vean electores y jode el desprecio con el que nos tratan. Entendida como defensa del bien colectivo, ¡claro que interesa la política! ¡Claro que nos interesa!

Tenemos una democracia de partidos diseñada para los más poderosos que destila siempre el mismo jugo: “quítate tú para ponerme yo”. En ciertos sectores cunde la preocupación, ¿pero acaso no hay motivos para el rechazo? Cada político corrupto, incapaz o mentiroso asesta un golpe bajo a la complicidad política de la ciudadanía. Cada partido que oculta, ampara y  protege el fraude o la corrupción de los suyos manda al desencanto a un buen número de ciudadanos. La proliferación del insulto, la grosera descalificación del contrario o del ciudadano reivindicativo, produce náusea; la inoperancia y la ineptitud, repulsa. Uno de los problemas de los políticos es que han mirado más para arriba que para abajo; se han preocupado más del poder, de mantenerse en él, que de la base social que los votó. El problema de la ciudadanía, como colectivo, es su pasividad y condescendencia con los responsables públicos. Cuando escribo esto me refiero a la conciencia social abandonada, a la solidaridad perdida y a aceptación de la derrota; al estupidicidio generalizado y a la necesidad de abandonar el onanismo social para transformar la mayoría silenciosa, que tanto gusta al poder, en una mayoría concienciada, pacífica y activa, capaz de hacer un escrache al sistema y a cuantas medidas limiten nuestras libertades y derechos.

Si nuestra democracia se mirara en el espejo, le devolvería una imagen deteriorada por la mediocridad o la corrupción de cargos electos; por la desesperanza y apatía ciudadana. Volviendo al título, ¿nos interesa la política? Si no interesa, debiera interesarnos. Si la política planifica y organiza muchos aspectos de nuestra vida más cotidiana, ¿cómo vamos a permanecer ajenos y pasivos ante sus decisiones?, ¿cómo no nos va a interesar la eficacia de los servicios públicos, la protección de nuestras costas, el precio del gas que consumimos o la defensa de nuestros derechos cívicos y ciudadanos?

1.- Los griegos llamaban “ἰδιώτες” (idiotes) a quienes sólo se interesaban por sus asuntos particulares. +inf

http://wp.me/p38xYa-8P

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2 comentarios

  1. Verbarte dice:

    La no participación ciudadana ha sido y sigue siendo uno de los objetivos de las democracias liberales. A la ciudadanía se le ofrece, como dice Cospedal, la posibilidad de votar para, como hace Cospedal, gobernar la margen o en contra de lo votado. Los gobiernos se han especializado en usar las mayorías absolutas para legitimar las políticas que les dictan quienes no son votados, léase élites fiancieras, empresariales o religiosas. A eso le llaman democracia, y NO lo es. Ese es el mundo feliz que defienden el PP y el PSOE, el mismo que asquea a la ciudadanía.

    • Juan dice:

      Gobernar al margen de lo votado, al margen del programa, es lo que hacen Rajoy y Cospedal.
      Entiendo que, esto que llaman democracia, equipara la participación ciudadana con el acto de votar, pero la participación debe ser algo más que el acto de depositar un papel en la urna cada cuatro años. En cuanto a las dos formaciones que citas el PP tiene un voto más fiel, menos exigente y dispuesta a votar religiosamente; la base social y electoral del PSOE así como su propia militancia, que se escora a la izquierda del aparato del partido, no duda en serle infiel votando otras opciones o refugiándose en la abstención.

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